jueves, 9 de abril de 2015

MONOLOGO: Y HEME AQUI


Por: Nathalia Gil.

Natha   es la presidenta  del Club  Juvenil   Lectores  Bogotá, nuestros  grandes  amigos.  

Un personaje  cualquiera  se da cuenta que está bajo presión por una tarea  de Colegio que no le interesa  - ¿algo que suele pasar , no creen?- y  ocurre que  sus pensamientos nos  recuerdan ese  universo  kafkiano de lo absurdo  que se   levanta en medio de lo cotidiano.

LEANLO,CHICOS




Y heme aquí, postrada de nuevo frente a la pantalla de mi computador. Reviso las palabras que podría utilizar para una farsa como un monologo para una clase del colegio. Tecleo la mayor cantidad de temas posibles, pero ninguno me convence.
He llegado a la conclusión de que, o esos temas no son lo suficientemente buenos para mí o simplemente no son lo que necesito. Desecho una idea tras otra, de no ser porque los computadores tienen la opción de “delete” seguramente tendría una hoja borroneada y vuelta un asco, o una caneca junto a mi llena de párrafos inconexos.
Me levanto de la silla y me acerco a la cocina, de pronto un té me calme la ansiedad por el dichoso trabajo y me dé algo de energía… y ¿Por qué no? Ideas. Saco la jarra de la nevera y sirvo en un vaso un poco, tomo sorbos detallando el sabor que deja en mi boca. Nada. Ni una idea, nada que sirva.
Dejo el vaso en el mesón de la cocina y vuelvo al computador. Abro un par de páginas de música, me distraigo en las letras y luego trato de captar cosas que me inspiren a algo mejor. Nada.
La música suena hueca en mis oídos, retumban las palabras en mi cabeza pero no logro conectar algo que pueda demostrar emoción… o que mínimo atraiga el interés de mi profesora en el trabajo.
Me levanto de la silla y de pronto ¡zas! Me doy un golpe en el dedo pequeño del pie, miro la mesa con odio mientras trato de no proferir algún improperio. Subo mi pie a la silla y trato de amainar el dolor sobando mi pobre dedo.
Bajo el pie de la silla y salgo al balcón de la casa. Miro con detenimiento lo que me rodea. Observo con un interés casi que religioso. Miro los edificios que me rodean y la zona verde que se encuentra a mí alrededor. Respiro. Miro con detenimiento la piscina de la unidad de al lado, se nota que es agradable y podría ser un buen tema.  Pienso por un par de segundos en lo que podría plantear y veo lo ridículo que seria. La única forma de que un tema tan trivial funcionara sería un relato en el que comente mis ganas de suicidarme. Pero ¿para qué me esfuerzo? Si me pongo en esa situación tendré una idea mal desarrollada obviamente, si tuviera interés por matarme hasta conseguiría algo decente. Pero no.
Me alejo del balcón y me acomodo en el diván de la sala. Prendo el televisor y empiezo a cambiar canales. Llego a Caracol televisión y empieza el noticiero. Mis ojos se quedan clavados en la noticia de última hora. Otra mujer muerta en cierto lugar del país. Pienso en sacarle provecho a esa historia, podría relatarla como si yo fuera la mujer y me estuviese siguiendo un acosador… O podría relatar el impacto que tuvo en mi vida y esa clase de cursilerías. Pero no.
Invadida por el desespero apago el televisor y vuelvo a la computadora. Abro un documento de Word y empiezo a poner palabras como “mire”, “tome” y “trabaje”. Después de un par de párrafos, releí la obra que de seguro era maravillosa. Para mi sorpresa, me encontré con un escrito pésimo, cada palabra era más tediosa que la anterior y sentí que si lo dijera en público provocaría más lástima que un perrito al que le hacen falta dos patas. Lamentable.
Descorazonada por la decepción que acababa de tener, me retiro a mi cuarto en busca de alguna idea que me ayude a hacer algo aceptable.
Tomo mi Ipod y me pongo a ver imágenes en alguna de las redes sociales en las que estoy, reviso, busco y analizo. Reviso las imágenes y me rio con la mayoría de ellas, otras me ponen a pensar en temas trascendentales y otras… simplemente me perturban demasiado como para hablar de ellas.
De un momento a otro mi celular empieza a sonar, pero no era una llamada, era la típica alerta de mensajes. Abro las conversaciones y me rio de los mensajes que mis amigas envían, o simplemente participo con poco interés de la charla. Dependiendo de la conversación participaba con interés o como por obligación, en ese momento prefería participar de la conversación, así no fuera tan amena, que ponerme a seguir con el fastidioso monologo que me estaba carcomiendo las neuronas.
Las notificaciones por mensajes se vuelven cada vez más esporádicas y me quedo hipnotizada (o bueno, idiotizada) viendo la pantalla en lo que llegan más mensajes. Nada. La desesperación vuelve a mí, el único distractor “interesante” que tenía se apaga de la nada, mis interlocutoras dejan de escribir y yo simplemente observo la pantalla en busca de mínimo una de dos cosas. La primera sería una inspiración explicita para escribir el monologo… y la segunda un mensaje que me salve de volver a concentrarme en eso.
Me acerco a mi estantería que esta abarrotada de libros, películas y juegos de mesa. Observo a mi hermana de reojo, duerme plácidamente una siesta en lo que yo continuo con mi desesperación. Significa que la salida no será un “tiempo de hermanas” para charlar, pelear o jugar algo… Debería recurrir a otra cosa.
Tomo el primer libro de la estantería que encuentro, observo su caratula y me doy cuenta de que fue uno de esos libros para el colegio que deteste con mi alma. Leo la sinopsis de la parte posterior para ver, por qué lo odiaba tanto. Leo un par de renglones y encuentro la respuesta, pero no, no la respuesta de un tema para el dichoso monologo, sino la respuesta a por qué lo odiaba. Su temática era tan aburrida, que en compañía de una manta hubiese sido un gran “pacificador”. En menos de 5 frases hubiese terminado dormida.
Regreso al computador y me planto frente a la pantalla. La desolación llega a mí al darme cuenta de que el tiempo transcurrió y no he escrito ni una frase que me agrade del todo. Llega un mensaje de improvisto a mi teléfono, lo abro con mucha emoción y encuentro una charla sobre el monologo.
La mayoría ya lo ha terminado o está ultimando detalles, y yo sigo perdida en medio de las letras. Me decepciono al ver la incapacidad que tengo para producir un texto simple.
El estrés llega a mi cuando mi padre entra a la casa, coloca sus cosas en el sofá y se acomoda para ver lo que queda del noticiero. Si ya llego, significa que es algo tarde, e implica que nunca terminare.
Abro un par de documentos en internet para darme alguna idea y más que interesarme, entro en una catarsis nerviosa por el afán de terminar y de paso, entro en un aburrimiento catastrófico al ver lo poco creativos que son los autores de los monólogos sobre un tema que podrían manejarlo… mejor.
Coloco algo de música y me lleno de melancolía al oír de nuevo canciones que hacía mucho tiempo no escuchaba. Algunas frases se me quedan revoloteando en la mente, frases que alaban la creatividad humana y el poder del pensamiento. Falso.
Regreso a la cocina por un poco de té, sirvo en otro vaso el líquido y lo pruebo con amargura. El estrés provocado en los últimos minutos, sumado al desinterés que tenía por el trabajo me lleva al borde del colapso.
Me alejo de los pensamientos negativos y vuelvo a mi proceso de escritura. Me concentro en los ademanes de mi padre cuando se pone a ver la televisión, reviso cada movimiento en mi casa, por más pequeño que sea. Algo debe servir.
Mi hermana, soñolienta, se sienta junto a mí frente a la computadora. Con los nervios hechos de punta, tomo otro sorbo de mi bebida mientras mi hermana me observa con cautela. “¿Qué te pasa?” me pregunta con una tranquilidad propia del sueño que la acunaba minutos atrás.
Reflexiono la respuesta que le daré, la miro con aprehensión y continúo enfocada en lo que debo escribir. El desinterés se apodera de nuevo de mí, abro un juego en el computador y empiezo a olvidarme de mi responsabilidad frente al texto.
Mis pensamientos se desvían de lo que inicialmente buscaba y mi mente se pone en blanco, solo pensaba en como pasar al siguiente nivel en el juego que tenía instalado el computador. Al entrar en consciencia de lo que estaba haciendo, deje de lado las banalidades a las que me enfrentaba y empecé a reflexionar sobre lo que quería transmitir.
El horror se apodero de mi al darme cuenta que ni siquiera había pensado en que quería decirle al público. No tenía ni las más remota idea sobre que podría interesarle a mis oyentes. Solo había pensado en que temas podrían ser de agrado para la maestra.
Mi cabeza daba vueltas y no entendía aun la razón por la que le daba tanta importancia a un trabajo de minúsculo valor en la nota final. Supuse por un momento que era por el terror o por la admiración que le tenía a mi profesora.  Las cavilaciones no me llevaron a nada concreto y tuve que detener ese maremoto de ideas para darle paso a un espacio de relajación.
Me aleje de la computadora mientras mi hermana la utilizaba, me acerque a la estantería de mis libros y tome uno que llevaba por la mitad.
Continúe la lectura sin darle paso a ideas sobre el monologo. Digerí cada palabra como si las necesitara para vivir y al llegar al clímax de la historia, no lo soporte. Cerré el libro automáticamente y empecé a divagar sobre qué estaba haciendo.
Empecé a sentir un agarrotamiento en los músculos que impedía moverme. Tome mi teléfono y me dirigí a mi cuarto. Pensé que con tal agotamiento podría descansar sin que mi mente protestara. No importaba que tan necesario fuera el monologo, si estaba agotada, mi mente tendría que dejarme entrar al mundo de los sueños.
Revise una vez más mi teléfono y los mensajes de mis compañeras, orgullosas por su gran trabajo, me sacaban de quicio. Me recordaban mi fracaso (que ojala fuese momentáneo) con respecto a la obra que había tildado de simple.  Puede que la producción textual no fuese mi fuerte, pero tampoco era una debilidad recalcable.
La desesperación se apodero de mi al ver que todas empezaban a enviar sus documentos para pedir opiniones, seguí mirando  la pantalla en lo que se elogiaban o daban pequeñas recomendaciones en la sintaxis o en la coherencia.
Tuve la intención de abrir un par de archivos y darme ideas para volver a trabajar, pero ni bien los estaba descargando, mi mente empezó a reclamar algo que hacer.
Me dejo llevar por el interés por aflorar las ideas que crece en mí, abro los documentos y la realidad me tira al suelo. Metafóricamente, claro está. Los textos estaban muy bien escritos y manejaban una sincronía impresionante, la mayoría eran agradables de leer y te dejaban “colgado” de la lectura. Te daban ganas de continuar, pero era imposible, eran tan finitos que en más o menos 4 minutos los dirían todos, y dejarían a todos los oyentes encantados.
 La frustración volvió a mí al ver que el trabajo que habían hecho de seguro impresionaría a la maestra, mientras que yo, no había conseguido pasar del primer renglón. La envidia era amainada por el cariño y la admiración que les tenia a mis compañeras, nuestro proceso juntas nunca había sido malo, pero la envidia por algo tan bien hecho no se hacia la indiferente. Estaba ahí, casi que palpable, y me preocupaba cada vez más ver la clase de contrincantes que tendría al momento de presentarme.
Note que, entre más seguía leyendo, había una mejor redacción y así sucesivamente, el siguiente por leer era mejor que el anterior y eso me alarmaba. No sería fácil competir contra tanta proyección en lo que respecta al trabajo.
Me levante súbitamente de la cama de mi alcoba, apresure mi paso hacia el computador y pedí a mi hermana  que se alejara del teclado. Abrí un nuevo documento para empezar mi redacción, la inspiración había llegado y era lo que necesitaba para empezar. Ese atisbo de “iluminación” me estaba dando una esperanza por hacer el mejor trabajo que nunca antes había hecho. Me senté en la silla frente a la pantalla… y tal y como vino, se fue. Súbitamente se alejó de mi esa increíble idea, era como si mi memoria estuviese preparada para impedirme hacer algo decente para mi presentación.
La desesperación me invadió nuevamente, pero esta vez venia mezclada con un sentimiento que nunca antes había sentido de esa forma. Miedo. La preocupación saltaba a la vista al darme cuenta de que no podría avanzar ni un párrafo y que, más aparte, no estaba preparada en lo más mínimo para hacer un escrito que fuera de admirar… O bueno, mínimo de apreciar.
La melancolía invadió mi ser, me sentí incompetente e incapaz. Las barreras se estaban postrando frente a mí, en algo tan simple como lo era escribir 5 páginas sobre un tema que yo eligiera. Lo que empezó siendo un trabajo “fácil”, que estaba segura que llevaría con tranquilidad, se estaba convirtiendo en el detonante a la mayor frustración que no era latente en mí, usualmente.
Decidí sentarme en la silla y obligaría a mi mente a trabajar a todo galope si era necesario, terminaría el monologo sin importar que tema fuese. Solo lo haría.
Mi cabeza tambaleaba frente a la pantalla y, en un momento tan irracional como lo veía en ese momento, empecé a pensar sobre mis impedimentos para hacer un monologo ameno. Ocupe mi mente en esos pequeños detalles que me obstruían la imaginación y de sopetón llego la idea.
¡De eso debía hablar! De mi poca creatividad al momento de escribir y de mi sopor por no poder trabajar un tema como se debía, nada más, era simple.
Sin saber cómo empezar, recopile en una libretita lo que había hecho y sentido mientras me ocupaba del poco apreciado trabajo, retome los pasos que había hecho desde horas antes y empecé a escribir.
Sin necesidad de pensarlo mucho las palabras fueron pasando al documento, la historia cobro vida y tomo empezó con un “Heme aquí…”

1 comentario:

  1. Hola me gustaría conocer el Club Juvenil de lectura acá en Bogotá, estoy interesado en unirme a ustedes, Nathalia Gil.

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