jueves, 9 de abril de 2015

MONOLOGO: Y HEME AQUI


Por: Nathalia Gil.

Natha   es la presidenta  del Club  Juvenil   Lectores  Bogotá, nuestros  grandes  amigos.  

Un personaje  cualquiera  se da cuenta que está bajo presión por una tarea  de Colegio que no le interesa  - ¿algo que suele pasar , no creen?- y  ocurre que  sus pensamientos nos  recuerdan ese  universo  kafkiano de lo absurdo  que se   levanta en medio de lo cotidiano.

LEANLO,CHICOS




Y heme aquí, postrada de nuevo frente a la pantalla de mi computador. Reviso las palabras que podría utilizar para una farsa como un monologo para una clase del colegio. Tecleo la mayor cantidad de temas posibles, pero ninguno me convence.
He llegado a la conclusión de que, o esos temas no son lo suficientemente buenos para mí o simplemente no son lo que necesito. Desecho una idea tras otra, de no ser porque los computadores tienen la opción de “delete” seguramente tendría una hoja borroneada y vuelta un asco, o una caneca junto a mi llena de párrafos inconexos.
Me levanto de la silla y me acerco a la cocina, de pronto un té me calme la ansiedad por el dichoso trabajo y me dé algo de energía… y ¿Por qué no? Ideas. Saco la jarra de la nevera y sirvo en un vaso un poco, tomo sorbos detallando el sabor que deja en mi boca. Nada. Ni una idea, nada que sirva.
Dejo el vaso en el mesón de la cocina y vuelvo al computador. Abro un par de páginas de música, me distraigo en las letras y luego trato de captar cosas que me inspiren a algo mejor. Nada.
La música suena hueca en mis oídos, retumban las palabras en mi cabeza pero no logro conectar algo que pueda demostrar emoción… o que mínimo atraiga el interés de mi profesora en el trabajo.
Me levanto de la silla y de pronto ¡zas! Me doy un golpe en el dedo pequeño del pie, miro la mesa con odio mientras trato de no proferir algún improperio. Subo mi pie a la silla y trato de amainar el dolor sobando mi pobre dedo.
Bajo el pie de la silla y salgo al balcón de la casa. Miro con detenimiento lo que me rodea. Observo con un interés casi que religioso. Miro los edificios que me rodean y la zona verde que se encuentra a mí alrededor. Respiro. Miro con detenimiento la piscina de la unidad de al lado, se nota que es agradable y podría ser un buen tema.  Pienso por un par de segundos en lo que podría plantear y veo lo ridículo que seria. La única forma de que un tema tan trivial funcionara sería un relato en el que comente mis ganas de suicidarme. Pero ¿para qué me esfuerzo? Si me pongo en esa situación tendré una idea mal desarrollada obviamente, si tuviera interés por matarme hasta conseguiría algo decente. Pero no.
Me alejo del balcón y me acomodo en el diván de la sala. Prendo el televisor y empiezo a cambiar canales. Llego a Caracol televisión y empieza el noticiero. Mis ojos se quedan clavados en la noticia de última hora. Otra mujer muerta en cierto lugar del país. Pienso en sacarle provecho a esa historia, podría relatarla como si yo fuera la mujer y me estuviese siguiendo un acosador… O podría relatar el impacto que tuvo en mi vida y esa clase de cursilerías. Pero no.
Invadida por el desespero apago el televisor y vuelvo a la computadora. Abro un documento de Word y empiezo a poner palabras como “mire”, “tome” y “trabaje”. Después de un par de párrafos, releí la obra que de seguro era maravillosa. Para mi sorpresa, me encontré con un escrito pésimo, cada palabra era más tediosa que la anterior y sentí que si lo dijera en público provocaría más lástima que un perrito al que le hacen falta dos patas. Lamentable.
Descorazonada por la decepción que acababa de tener, me retiro a mi cuarto en busca de alguna idea que me ayude a hacer algo aceptable.
Tomo mi Ipod y me pongo a ver imágenes en alguna de las redes sociales en las que estoy, reviso, busco y analizo. Reviso las imágenes y me rio con la mayoría de ellas, otras me ponen a pensar en temas trascendentales y otras… simplemente me perturban demasiado como para hablar de ellas.
De un momento a otro mi celular empieza a sonar, pero no era una llamada, era la típica alerta de mensajes. Abro las conversaciones y me rio de los mensajes que mis amigas envían, o simplemente participo con poco interés de la charla. Dependiendo de la conversación participaba con interés o como por obligación, en ese momento prefería participar de la conversación, así no fuera tan amena, que ponerme a seguir con el fastidioso monologo que me estaba carcomiendo las neuronas.
Las notificaciones por mensajes se vuelven cada vez más esporádicas y me quedo hipnotizada (o bueno, idiotizada) viendo la pantalla en lo que llegan más mensajes. Nada. La desesperación vuelve a mí, el único distractor “interesante” que tenía se apaga de la nada, mis interlocutoras dejan de escribir y yo simplemente observo la pantalla en busca de mínimo una de dos cosas. La primera sería una inspiración explicita para escribir el monologo… y la segunda un mensaje que me salve de volver a concentrarme en eso.
Me acerco a mi estantería que esta abarrotada de libros, películas y juegos de mesa. Observo a mi hermana de reojo, duerme plácidamente una siesta en lo que yo continuo con mi desesperación. Significa que la salida no será un “tiempo de hermanas” para charlar, pelear o jugar algo… Debería recurrir a otra cosa.
Tomo el primer libro de la estantería que encuentro, observo su caratula y me doy cuenta de que fue uno de esos libros para el colegio que deteste con mi alma. Leo la sinopsis de la parte posterior para ver, por qué lo odiaba tanto. Leo un par de renglones y encuentro la respuesta, pero no, no la respuesta de un tema para el dichoso monologo, sino la respuesta a por qué lo odiaba. Su temática era tan aburrida, que en compañía de una manta hubiese sido un gran “pacificador”. En menos de 5 frases hubiese terminado dormida.
Regreso al computador y me planto frente a la pantalla. La desolación llega a mí al darme cuenta de que el tiempo transcurrió y no he escrito ni una frase que me agrade del todo. Llega un mensaje de improvisto a mi teléfono, lo abro con mucha emoción y encuentro una charla sobre el monologo.
La mayoría ya lo ha terminado o está ultimando detalles, y yo sigo perdida en medio de las letras. Me decepciono al ver la incapacidad que tengo para producir un texto simple.
El estrés llega a mi cuando mi padre entra a la casa, coloca sus cosas en el sofá y se acomoda para ver lo que queda del noticiero. Si ya llego, significa que es algo tarde, e implica que nunca terminare.
Abro un par de documentos en internet para darme alguna idea y más que interesarme, entro en una catarsis nerviosa por el afán de terminar y de paso, entro en un aburrimiento catastrófico al ver lo poco creativos que son los autores de los monólogos sobre un tema que podrían manejarlo… mejor.
Coloco algo de música y me lleno de melancolía al oír de nuevo canciones que hacía mucho tiempo no escuchaba. Algunas frases se me quedan revoloteando en la mente, frases que alaban la creatividad humana y el poder del pensamiento. Falso.
Regreso a la cocina por un poco de té, sirvo en otro vaso el líquido y lo pruebo con amargura. El estrés provocado en los últimos minutos, sumado al desinterés que tenía por el trabajo me lleva al borde del colapso.
Me alejo de los pensamientos negativos y vuelvo a mi proceso de escritura. Me concentro en los ademanes de mi padre cuando se pone a ver la televisión, reviso cada movimiento en mi casa, por más pequeño que sea. Algo debe servir.
Mi hermana, soñolienta, se sienta junto a mí frente a la computadora. Con los nervios hechos de punta, tomo otro sorbo de mi bebida mientras mi hermana me observa con cautela. “¿Qué te pasa?” me pregunta con una tranquilidad propia del sueño que la acunaba minutos atrás.
Reflexiono la respuesta que le daré, la miro con aprehensión y continúo enfocada en lo que debo escribir. El desinterés se apodera de nuevo de mí, abro un juego en el computador y empiezo a olvidarme de mi responsabilidad frente al texto.
Mis pensamientos se desvían de lo que inicialmente buscaba y mi mente se pone en blanco, solo pensaba en como pasar al siguiente nivel en el juego que tenía instalado el computador. Al entrar en consciencia de lo que estaba haciendo, deje de lado las banalidades a las que me enfrentaba y empecé a reflexionar sobre lo que quería transmitir.
El horror se apodero de mi al darme cuenta que ni siquiera había pensado en que quería decirle al público. No tenía ni las más remota idea sobre que podría interesarle a mis oyentes. Solo había pensado en que temas podrían ser de agrado para la maestra.
Mi cabeza daba vueltas y no entendía aun la razón por la que le daba tanta importancia a un trabajo de minúsculo valor en la nota final. Supuse por un momento que era por el terror o por la admiración que le tenía a mi profesora.  Las cavilaciones no me llevaron a nada concreto y tuve que detener ese maremoto de ideas para darle paso a un espacio de relajación.
Me aleje de la computadora mientras mi hermana la utilizaba, me acerque a la estantería de mis libros y tome uno que llevaba por la mitad.
Continúe la lectura sin darle paso a ideas sobre el monologo. Digerí cada palabra como si las necesitara para vivir y al llegar al clímax de la historia, no lo soporte. Cerré el libro automáticamente y empecé a divagar sobre qué estaba haciendo.
Empecé a sentir un agarrotamiento en los músculos que impedía moverme. Tome mi teléfono y me dirigí a mi cuarto. Pensé que con tal agotamiento podría descansar sin que mi mente protestara. No importaba que tan necesario fuera el monologo, si estaba agotada, mi mente tendría que dejarme entrar al mundo de los sueños.
Revise una vez más mi teléfono y los mensajes de mis compañeras, orgullosas por su gran trabajo, me sacaban de quicio. Me recordaban mi fracaso (que ojala fuese momentáneo) con respecto a la obra que había tildado de simple.  Puede que la producción textual no fuese mi fuerte, pero tampoco era una debilidad recalcable.
La desesperación se apodero de mi al ver que todas empezaban a enviar sus documentos para pedir opiniones, seguí mirando  la pantalla en lo que se elogiaban o daban pequeñas recomendaciones en la sintaxis o en la coherencia.
Tuve la intención de abrir un par de archivos y darme ideas para volver a trabajar, pero ni bien los estaba descargando, mi mente empezó a reclamar algo que hacer.
Me dejo llevar por el interés por aflorar las ideas que crece en mí, abro los documentos y la realidad me tira al suelo. Metafóricamente, claro está. Los textos estaban muy bien escritos y manejaban una sincronía impresionante, la mayoría eran agradables de leer y te dejaban “colgado” de la lectura. Te daban ganas de continuar, pero era imposible, eran tan finitos que en más o menos 4 minutos los dirían todos, y dejarían a todos los oyentes encantados.
 La frustración volvió a mí al ver que el trabajo que habían hecho de seguro impresionaría a la maestra, mientras que yo, no había conseguido pasar del primer renglón. La envidia era amainada por el cariño y la admiración que les tenia a mis compañeras, nuestro proceso juntas nunca había sido malo, pero la envidia por algo tan bien hecho no se hacia la indiferente. Estaba ahí, casi que palpable, y me preocupaba cada vez más ver la clase de contrincantes que tendría al momento de presentarme.
Note que, entre más seguía leyendo, había una mejor redacción y así sucesivamente, el siguiente por leer era mejor que el anterior y eso me alarmaba. No sería fácil competir contra tanta proyección en lo que respecta al trabajo.
Me levante súbitamente de la cama de mi alcoba, apresure mi paso hacia el computador y pedí a mi hermana  que se alejara del teclado. Abrí un nuevo documento para empezar mi redacción, la inspiración había llegado y era lo que necesitaba para empezar. Ese atisbo de “iluminación” me estaba dando una esperanza por hacer el mejor trabajo que nunca antes había hecho. Me senté en la silla frente a la pantalla… y tal y como vino, se fue. Súbitamente se alejó de mi esa increíble idea, era como si mi memoria estuviese preparada para impedirme hacer algo decente para mi presentación.
La desesperación me invadió nuevamente, pero esta vez venia mezclada con un sentimiento que nunca antes había sentido de esa forma. Miedo. La preocupación saltaba a la vista al darme cuenta de que no podría avanzar ni un párrafo y que, más aparte, no estaba preparada en lo más mínimo para hacer un escrito que fuera de admirar… O bueno, mínimo de apreciar.
La melancolía invadió mi ser, me sentí incompetente e incapaz. Las barreras se estaban postrando frente a mí, en algo tan simple como lo era escribir 5 páginas sobre un tema que yo eligiera. Lo que empezó siendo un trabajo “fácil”, que estaba segura que llevaría con tranquilidad, se estaba convirtiendo en el detonante a la mayor frustración que no era latente en mí, usualmente.
Decidí sentarme en la silla y obligaría a mi mente a trabajar a todo galope si era necesario, terminaría el monologo sin importar que tema fuese. Solo lo haría.
Mi cabeza tambaleaba frente a la pantalla y, en un momento tan irracional como lo veía en ese momento, empecé a pensar sobre mis impedimentos para hacer un monologo ameno. Ocupe mi mente en esos pequeños detalles que me obstruían la imaginación y de sopetón llego la idea.
¡De eso debía hablar! De mi poca creatividad al momento de escribir y de mi sopor por no poder trabajar un tema como se debía, nada más, era simple.
Sin saber cómo empezar, recopile en una libretita lo que había hecho y sentido mientras me ocupaba del poco apreciado trabajo, retome los pasos que había hecho desde horas antes y empecé a escribir.
Sin necesidad de pensarlo mucho las palabras fueron pasando al documento, la historia cobro vida y tomo empezó con un “Heme aquí…”

domingo, 8 de marzo de 2015

Microcuentos David Elijah

Microcuentos por David Elijah


No se corta el corazón:

"El menor escarba, el siguiente compromete, en el centro está su alma -la que les dejé-, le sigue el acusador y el enano que califica. Como te dije, les queda el corazón, su centro: lo único que necesitan.
-¿Y qué hiciste con los otros dedos?


Sin título:

“Soñar no cuesta nada”, le repetían burlonamente cada vez que decía: “quiero ser un soldado fuerte, como mi padre”. Nunca entendió completamente la frase, ni cuando una década después intentaba dormir detrás de los barrotes: los rostros acribillados nunca le vendieron un sueño a buen precio”


La Última Reunión de Las Aves Nocturnas:


"3 días después de incinerar la última águila, todos concluyeron que no existía el ave fénix"

David Elijah


Microcuentos Juan Carlos Cortés

Microcuentos por Juan Carlos Cortés

Sin título:

“No podía ver las paredes, ni a sus hijos. Cada día sus ojos eran más pesados, más tercos. Comenzó a imaginar, a vivir dentro de sus sueños; los de la infancia, los de la adolescencia, incluso los aburridos de la adultez. Antes de morir entendió que la oscuridad era un mejor punto de vista”


Combustión espontánea:


“Su respiración era fuego, su sangre combustible inestable. Tendida en la cama, sucumbió a las cálidas caricias, el éxtasis fue el fuerte crepitar de una última exhalación. Sus cenizas se las llevo el viento, su alma fue consumida por las llamas”

Juan Carlos Cortés

Microcuentos Daniel Pinzón

Microcuentos por Daniel Pinzón



Sin título:

“Su corazón bombeaba tantas palabras, que en su primer corte, desangró párrafos hasta el punto final”


Ágape:

“El erotismo nació en su cama, desvaneciéndose en la penumbra de la puerta dejando en su lugar a su pequeña hermana”


Sin título:

Nadie supo nunca el amor que portaba dentro de sí, hasta el día en que le salió por la boca”


Daniel Pinzón

miércoles, 11 de febrero de 2015

Sin titulo. Anonimo.

La personalidad de Mariana se encontraba en algún lugar entre sus cejas. Cuando salía de su casa en el viejo Barrio Del Mar camino a la universidad, al toparse con la luz del sol que tan molesta le resultaba, fruncía el ceño y levantaba la mano para evitar ser deslumbrada. Sólo en aquel momento se podía observar con claridad. Y un suave estremecimiento lleno de ternura invadía el cuerpo.

Entonces apuraba el paso, lanzando miradas hacia atrás como si en sus adentros se sintiese perseguida, hasta llegar a la parada del transporte público. Se sentaba a esperar, y esperaba y esperaba, con un ansia excepcional que la hacía lucir diez años más vieja y hermosa. Sacudía sus zapatillas y chasqueaba los dedos, se mordía las uñas y miraba, no paraba de mirar. Se mostraba despierta en todo momento, y cuando arribaba el bus buscaba siempre sentarse en el penúltimo asiento del lado derecho junto a la ventanilla. <<Para poder ver la montaña>>. Qué montañas las de aquel jueves, si el cielo se encontraba totalmente cubierto de nubes para dondequiera que se dirigieran sus ojos. Ojazos marrones, del color del árbol donde fueron encontrados.

Es esa incertidumbre lo que me hace recordarla. Tratar de recordarla y comprenderla. Nunca dejó que la conocieran, no se preocupaba por cultivar amistades. Se mostraba a la vez serena e irritada. Me costaba trabajo decidir si estaba molesta. Aún así me atreví a hablarle. Sacudió sus pensamientos y me miró inquisitivamente. Habíamos sido compañeros los tres últimos semestres en la facultad de artes, y en verdad me sorprendió que no supiese cual era mi nombre. <<Jorge>>. Y me dedicó una sonrisa. Un leve movimiento de sus labios que me hizo sentir ligero. Al terminar la clase la invité a un café. Fingió estar ocupada pero después accedió.

Su silencio en la mesa me produjo temor, y para evitarlo hablé como nunca en mi vida. Me abrí ante ella con esa despreocupación que solo se puede tener en los mejores años de juventud, y que ella no supo responder. Decepción. En medio de la retahíla no recuerdo qué le dije. Pero sin duda no importa, porque al frenar para tomar un sorbo de mi café supe que su atención de dirigía hacia un oscuro lugar. Sus pensamientos. Pasaron dos minutos en los que abracé ese tímido silencio. <<Disculpa>>. Se mostró apenada y la liberé de todo cargo. Se levantó de la mesa y se despidió con una sonrisa forzada y un movimiento de su muñeca. Devolví sonrisas y pronuncié un ronco adiós.


La observé alejarse con el alma herida. Al día siguiente volví a encontrar aquel punto en su entrecejo mientras dibujaba sobre su tablero.

lunes, 9 de febrero de 2015

RIDERS LEE A LOS NUESTROS (2): Un cuento de David Elijah


Cuento: La Serpiente y La Paloma.

Libro  en proyecto: Teoría del Mal  y otros abismos.



Los dos caminaban tomados de la mano cerca del río Sena sintiendo cómo las luces de la noche reverberaban en la ciudad. Los parisinos creaban todo tipo de artificios pirotécnicos en estas fechas para despistar un poco la soledad del año; las luciérnagas artificiales siempre lograban unir ese montón de soledades en una misma contemplación, todos quietos, boquiabiertos y juntos… todos solos. Sin embargo, Jean la había encontrado a ella, a Mary Ann, entre todas las soledades.

Allí, sobre el puente, miraban estallar las bengalas. Jean observó de reojo cómo el rostro moreno y tierno de Mary Ann se iluminaba sutilmente por los estallidos del firmamento, ese firmamento que añoraba, a cuyo Arquitecto adoraba con una muy profunda devoción, cuyo libro leía continuamente, sus salmos… con particular entusiasmo el 37. Ese era el rostro que, como juró a sí mismo sobre su lecho pagano, cuidaría mientras tuviese vida. “Toda paloma es acechada por una serpiente”, pensaba Jean cada vez que miraba a Mary Ann. Claro, él era eso, nada más: un ofidio diagnosticado con psicopatologías de nombre intrincado, el niño cuya agresividad continua le diezmó sus amistades hasta después de la adolescencia, el estudiante de letras cuya mirada distante e inquieta solía perturbar la superflua tranquilidad de los alumnos promedio.

Mary Ann había logrado la beca con días enteros de repaso entre preguntas de selección múltiple y textos críticos, con ligeros breaks de música gospel y ese ritual secreto entre ella y Dios. Nunca fue una chica de after parties o salidas campestres, el Ange ou Démon Club no conocía su sombra aunque sus compañeros no cesaban de invitarla. Una latina en el club debía ser la sensación, pero ella sólo quería resaltar en la academia; la vanidad del amor nocturno, el baile y el licor no eran para ella; ella estudiaba y, claro, las personas que han regresado de ciertos infiernos suelen ser algo reservadas.

Las noches de Jean sólo se parecían a las de Mary en cuanto a la lectura. Sin embargo, mientras ella estudiaba los textos propios del curso, él era seducido por la poesía maldita y las novelas hechiceras, alternadas de vez en cuando con capítulos de “Dexter” y “The Following”. Hasta tarde en la noche pensaba en Mary, en la paloma, en el único salmo que leía junto a ella pese a que hasta ese momento se consideraba agnóstico. Pocos días atrás,  lo atormentaban otro tipo de recuerdos: la antigua celda, barrotes ondulantes de oscuridad y espinas, guardas de múltiples ojos y piernas, respiros de gigantes seductoras sobre su espina dorsal… Pero ahora, él (la serpiente) pensaba en la paloma.

Jean, bien observador como era, notó que algo más que un resquemor latino vivía dentro de ella. Él era su compañero en casi todo, pues le producía la ilusión de confianza, requerimiento primario para entablar sociedad. Después vino la amistad, tan rara como la sentían ambos: él por sus sentimientos compulsivos de cuidar de ella y ella por la novedad de sentir otra vez a un hombre tan cerca de su cotidiano.

Jean se dio cuenta que, en un acto de rebelión adolescente, Mary había sido esposa de un ex - chiita. Este tema era uno de los favoritos de Jean y, a despecho de Mary, ella misma siempre terminaba relatando todo con nuevos detalles, colores, direcciones, sensaciones de un pasado con doble y perpetua melancolía (mata y muere). Mary nunca pudo rechazar las peticiones de Jean, se le antojaba como la serpiente que sedujo a Eva, como un Samael lleno del más delicioso veneno que embriagaba los sentidos pero que, en últimas, jamás le haría daño y que estaba por siempre a su merced. Así que, embebida de la contemplación adoradora de Jean, Mary Ann inició su relato como un monólogo en continuo performance.

Desde América, Mary Ann había sido la enfermera, criada, psicóloga, pastora, bastón y rueda de la mujer que veía como madre y que, en realidad, era su tía. Ya en Francia, cuando consiguieron entrar en el sistema de salud en París –a años luz del remedo de sistema en su país natal-, la Tía-mamá de Mary Anne logró contratar dos enfermeras y un equipo de servicio para su casa. Recién Mary descubrió lo que era el tiempo libre, fue seducida por la vida veloz: visitas continuas al Port-Royal Chateau, donde aprendió de la mano de su primer novio a disfrazarse de la crema y nata social; entradas furtivas al bajo mundo por los suburbios de Grenouille, donde conoció extraños brebajes, humaredas alucinantes y a un ex – chiita que la sedujo con su cobriza piel y su rostro árabe, como el de ese cantante que disparaba besos en primer plano.

La oposición rugiente de su tía-mamá sólo alimentó su rebelión y se escapó con Ahiram para contraer nupcias en un ritual árabe que ella ni entendió. La primera vez que Ahiram quiso estar con ella, Mary Ann se encontraba muy adolorida con las labores de casa que jamás había sentido tan agotadoras. El marido tomó muy personal el rechazo tenue de su esposa y le dio la primera bofetada; se montó sobre la recién casada y adolorida Mary y agarró sus manos con la fuerza de un gorila; comenzó a morder su cuello, sus senos y a echar abajo la barrera que ella desesperaba por mantener entre sus piernas. Pocos segundos de forcejeo bastaron para que, después de muchos intentos, Ahiram consumara su matrimonio peleando contra los dientes, la virginidad reacia y la dignidad de Mary Ann.

Después de algunos meses, sobrepasando su depresión crónica, Mary escapó de la casa y nunca supo de su marido. Con un hondo suspiro, Mary Ann regresó a casa de su mamá que le habló de su nueva experiencia religiosa y la invitó a uno de los servicios en Velarue donde Mary creyó encontrar la fuerza que necesitaba para continuar. Un versículo en particular le llamó la atención y fue el gancho para interesarse más y más en la doctrina: Le Seigneur se rit du méchant, Car il voit que son jour arrive. Era el mismo cántico que capturó la atención de Jean, pues solo hasta ese momento pudo imaginarse a Dios riéndose.


-Hoy es el último día, Jean, y no puedo dar marcha atrás– Dijo Mary justo antes de un estallido de bengala.

-Lo sé muy bien, nuestros caminos son muy distintos. Tienes una hermosa voz, tal vez pronto seas la voz principal del coro-.  Respondió Jean entre irónico y comprensivo.

-Sí. Lo que he vivido contigo no tiene…- Mary comenzó a sollozar y Jean besó aquellas lágrimas antes que llegaran a su mentón.

-Siempre te cuidaré…pero ahora… ¿qué sigue?-

-Viajaré a Bordeaux, con mamá, apenas comience el año nuevo- Jean agachó la cabeza con resignación. Con ese gesto, Mary revivió más nítida que nunca su pasión por él. Revivió también una idea que hace tiempo bombardeaba su cabeza: quizá no estaba enamorada de él, precisamente, sino de la seducción de sus pensamientos; como el vértigo exquisito de contemplar un abismo desde el borde, como el abrazo de la oscuridad. Todos los días lidiaba con esa pregunta, cuestionando si de verdad era posible que una mujer de Dios pensara tanto en fascinaciones místicas; hasta que conoció a Jean, como Adán conoció a Eva, y pudo conciliar -por unas semanas- su sed espiritual de Dios con su pasión a lo desconocido e, incluso, a lo perturbador. Esa cabeza agachada, esa consagración de Jean hacia ella, rayana en la idolatría, era como estopa a su corazón febril inflamado por la adoración silenciosa que su amante le entregaba, por esos cabellos prosternados hacia ella: cabellos de una serpiente que se hizo esclava voluntaria -y no requerida- de su cuidado.

-No sé qué pase, ahora sólo me interesa retomar mi camino. No puedo decirte nada más, pero entiendes lo que quisiera decir ¿verdad?- Con esta y otras palabras y silencios, la pareja se despidió con un breve abrazo y quedó suspendida entre las demás soledades a la ribera del Sena. Pero, después de unos pasos, Jean volteó y llamó a Mary con un tono inusitadamente decidido. Mary Ann vio un brillo espectacular en esos ojos, las delgadas cejas sutilmente arqueadas la una hacia la otra.

-Acompáñame. No nos veremos más, así que quiero mostrarte todo- Mary Ann caminó detrás de una versión más alta y sugestiva de Jean, fascinada con la última intriga, la intriga de despedida.

Por las calles de Grenouille, Mary comenzó a sentirse muy nerviosa y pensó varias veces en retirarse, pero detrás de ella sólo había noche, soledad y neblina que la engullirían sin piedad…

-No temas Mary, hemos llegado- Dijo Jean con un gesto fantasmal que, curiosamente, la tranquilizó. Ya ella estaba entre la oscuridad implacable de París y la oscuridad de aquella casucha abandonada a la que la convidaba su adorante; sin pensarlo más, escogió las tinieblas que ya conocía.

Un aire más helado se sintió ya dentro de la casucha y Jean, prendiendo una antorcha de la pared, dejó a la vista de Mary el cuerpo amordazado de Ahiram que se contorsionaba compulsivamente para liberarse de su silla. Mary quiso asustarse, salir corriendo, gritar… sabía que algo así debía hacer una señorita normal en París, pero en el fondo encontró de nuevo un anhelo voluptuoso por el espectáculo secreto, por el regalo que Jean le quería dar. Y con ese deseo vino sobre ella una revelación: ¿había sobrellevado su desgracia fortalecida por el Perdón y el Amor de Dios? ¿O lo que la fortalecía era la íntima esperanza de ver materializado su cántico 37?

-“Pues de aquí a poco no existirá el malo; observarás su lugar y no estará allí”… Mary, apaga la luz-. Mary Ann, embebida con la voz de su serpiente, tomó la antorcha y se alejó con ella varios pasos atrás hasta no quedar sino su rostro limpio iluminado por el fuego, rodeado de la fresca oscuridad. Escuchó el rechinar de ciertos objetos, unos tenues gemidos y la voz de Jean que le habló de nuevo:

-Regresa a la luz-. Dicho y hecho, Jean tomó las manos de Mary y las besó con conmovedora devoción. Encontró en el rostro alcalino de su amada la aceptación de su despedida, olvidó los antiguos temores y supo que ni en París ni en ningún lugar se sentiría solo jamás. Había cumplido sus votos, los votos ofrecidos en el altar profano de su habitación, de su soledad. Había hecho todo lo que una serpiente podría hacer por la diosa del Edén, por su diosa pura… y susurró tres palabras más entre los dedos santos de su amada (“por… tí… paloma”).

-Muchas gracias, Jean. Ya debo irme- Y la paloma se fue, y Jean quedó en la casucha unos minutos después de haber apagado la única antorcha de la habitación.

jueves, 5 de febrero de 2015

RIDERS LEE A LOS NUESTROS (1): Un cuento de Spagueti.


Cuento: La  historia  del arte.
Libro:  El aprendiz de burgués.



La mezcla de moléculas frías y calientes del aire acondicionado le produjo  a Santiago un conato de tos. No aceleró porque uno de los subgerentes de la compañía le había dicho que a las máquinas nuevas se les tenía que llevar despacio. En su mente dibujaba la ruta más eficiente para contactar todas las librerías posibles. Estaba la Queen Elizabeth en la Sky Road pero no se especializaban en literatura juvenil, la Roman Library estaría atestada de compradores de CDS y además el estacionamiento era muy pequeño. La situación no sería tan crítica si los viajes al Ministerio de Desarrollo, las juntas de accionistas y sobre todo el distanciamiento de Sofía no se hubieran juntado impidiéndole tener el tiempo suficiente para comprar el regalo de Verónica. Los dos años anteriores ni siquiera se había acordado de la fecha por lo cual se vio obligado a aceptar las propuestas baladíes de Sofía: salidas a discotecas y comidas sociales en el club. Ajustó el control de CD en Nocturnos de Chopin y  diluyó su mente en el haz de luces rojas que doblaban hacia la derecha en el cruce de la Costanera. Tosió levemente.

-         ¿Historia del Arte de Penwick?  Sí conozco la edición de la editorial Expresión, ilustrada con fotografía digital – dijo el asesor de la librería mientras digitaba en la terminal. Santiago se tranquilizó pero al dirigirse a los stands se dieron cuenta que las ventas anteriores no se habían registrado correctamente y por lo tanto el libro estaba realmente agotado. Se contentó con llevar unos ejemplares de Política Hoy y Architecture And Design
-         Las llaves del carro señor-
Santiago se devolvió casi trotando. Pensaba llamar a las otras librerías desde el auto, así fuera corriendo el riesgo de que lo multara un policía vial.  Después de arrimar a una pequeña librería sobre la Costanera y no encontrar el ejemplar aceptó, a manera de derrota, ir a la biblioteca pública del Estado, pedirlo prestado y fotocopiarlo. Y es que no podía ser otro el libro ni otro el regalo pues se había imaginado contándole a su hija como logró ser uno de los arquitectos de mayor reconocimiento, cómo ganó la Bienal de Arquitectura con el diseño del sub-way y cómo era que se administraba un buffet de diseñadores jóvenes, mayores que ella tan sólo seis años. Verónica tenía que tomar el mismo camino, ¿para qué habría de enfrentarse a la incertidumbre de comenzar desde cero si la empresa era un legado familiar fundado por el abuelo que ahora estaba retirado, de vuelta en Alemania?

    Como la biblioteca estatal estaba a punto de cerrar tuvo que convencer a un guarda para que lo dejara entrar. En la fila, llena de estudiantes de colegios públicos que gesticulaban exageradamente y hacían bromas detestables, llamó a Sofía. La cosa empeoraba porque  ella pensaba llegar tarde, a causa de una reunión de trabajo.  Se le sentía un tono evasivo, casi cobrándole sus ausencias anteriores, endilgándole la responsabilidad de arreglar lo del regalo. Cuando iba a llegar a la ventanilla de atención se coló un grupo de niñitas alborotadas. En esos colegios públicos la exigencia es muy baja y no enseñan normas de comportamiento adecuadas. Comparó a su Verónica con la niñita más altita, la que mascaba chicle y apretaba un cuaderno entre sus pechos. En lo físico podían no ser muy diferentes, con ese aire juvenil y esa alegría en los gestos, pero no, no había comparación, esa irreverencia de la muchachita, esa forma de gesticular despectivamente. Las muchachitas debieron detectar el desencuentro de Santiago porque lo acorralaron rodeándolo y acercándosele más allá de lo socialmente permitido. Santiago acomodaba el nudo de la corbata.

   La muchachita pidió precisamente Historia del Arte de Penwick. No podía ser peor, no había más ejemplares. Allá estaban ellas, inexpugnables, desafiantes, sentadas alegremente en la última mesa, con los cordones sueltos, acariciando las hojas esmaltadas de los cuadros de Dalí, de los diseños de Paul Klee, talvez  sin entender mucho de algo que no pertenecía a su condición. O le pedía el libro prestado a la niñita para fotocopiarlo – y rápido- o regresaba al apartamento con un regalo intrascendente y costoso. Ella no le dio mucha importancia, sin mirarlo a la cara le dijo que lo cogiera   mientras se mordía los labios haciendo entender a las otras muchachas que por el pasillo venía un chico simpático. Santiago fue a la fotocopiadora ubicada en Hemeroteca pero la encontró fuera de servicio. Las cosas del Estado, pensó. Y de nuevo estaba frente a una sin salida. O le pedía la niñita el inconcebible favor  que lo acompañara a la fotocopiadora más cercana, o regresaba frustrado. Cuando regresó encontró el chico sentado con ellas, -entre ellas- y tuvo pavor de que los cortejos fueran tan rápidos también para su hija Verónica. Nuevamente pensó en la diferencia de educación evocando su pequeña princesa cuando cumplió quince años; sus amiguitos eran tan decentes. 

   La muchachita tampoco le dio importancia al asunto. Se paró, reventó una bomba de chicle, se soltó el cabello, se agachó para amarrar sus zapatos colegiales, subió las medias casi hasta las rodillas y le dijo que sí, con tal  que fuera rápido. En el carro, Santiago prendió el aire acondicionado y el radio en una emisora juvenil, para no parecerle viejo.
-         Mi nombre es Magda, Magda  Caterine Vieira y el tuyo - ¿El tuyo? Me tutea, como si fuéramos semejantes  - Estoy en grado once y tú qué haces-  Santiago respondía con monosílabos pero Magda no se arredraba. Mientras esperaban que la fotocopista fuera pasando las páginas a través de la maquina que despedía unas luces violetas Santiago le preguntaba que si quería tomar algo. Le sugirió una malteada y un pay de manzana. Después de todo ella se había portado amablemente  y él lograría llevar el regalo. Cuando le entregaron el libro anillado Magda lo abrió  y dijo que no le gustaba la calidad de las copias porque los cuadros perdían intensidad. Enseguida señaló  -con un aire de propiedad que la hacía ver más madura- que le encantaba Esto no es una Pipa de Magritte. Santiago tomó el libro y dijo que prefería a los expresionistas. Son muy depresivos, muy alemanes, secos, dijo Magda. A mí me gusta la vitalidad.
-         ¿Te gusta el arte?- Preguntó Santiago.
-         Más que el arte, la arquitectura, quiero rehacer esta ciudad, me parece que aquí todo lo hacen mal, ¿ha visto lo horrible que quedaron las estaciones del sub-way, parece que le hubieran dado la licitación a un médico-  Santiago dejó de verla como una niña en falda escocesa y la vio como una mujer, casi como a Sofía, criticándolo por todo. Es más, halló cierto parecido entre ellas en esa fortaleza al emitir opiniones; de pie, mirando a los ojos e imponiendo toda la dimensión de su cuerpo a una distancia tal que el otro no pudiera ver otra cosa.
-         ¿Para qué son las copias?- Preguntó Magda.
-         Un regalo para mi hija-  Respondió Santiago atonalmente.
-         No me diga doctor Santiago Bohmer que olvidó comprar el regalo de su hija y hasta ahora se viene a desembarazar de la cuestión. Uhm... estos padres de hoy- Santiago deseó profundamente estar arrellanado en el cojín de su auto nuevo. Deshizo la situación lo más rápido que pudo y de regreso le dio las gracias cuidándose de no ofrecerse para llevarla a casa. Además, presentía que ella tampoco lo pediría. Cuando se bajó, al frente de un puente peatonal que la conducía a una estación del sub, dejó la puerta completamente abierta y no se despidió. Si no fuera por esas estaciones tan feas, no tendrías como llegar a casa, pensó Santiago.  Esta vez no pensó en la maquina de su último modelo sino que aceleró al limite tomando la Royal Garden.

    En el apartamento las luces pálidas que salían del cuarto de Verónica le hicieron creer que estaría hablando con la mamá. Hizo que el aire le llegara hasta el fondo de los pulmones, se aflojó la corbata, tratando de ser tan liviano como para salir volando por la ventana que daba hacia las Torres del Parque  y se dirigió al cuarto de verónica entonando una canción de cumpleaños en alemán. La encontró dormida, con el rostro perdido entre los cojines y el cabello serpenteando por la sábana, en una posición íntima, con la cobija en la mitad de los muslos; no se había retirado la falda escocesa del colegio. Vendría a ser de una contextura física similar a Magda. Se sentía culpable. Puso el libro anillado en la mesita de noche y la cobijó. Se quedó ahí, haciendo zapping con el control del televisor, con la mente en blanco. Sofía llegó a la una de la madrugada, saludo escuetamente y sacó  un pasaje aéreo con destino al Mediterráneo. Sin preguntar nada le pidió que firmara la tarjetita de cumpleaños, puso todo en la mesita de noche de Verónica y se fue a dormir. Santiago le pidió que hablaran  pero Sofía le repitió que estaba muy cansada de trabajar. En la cama Santiago sentía un vaho a licor expandiéndose por toda la habitación. Siempre está muy ocupada, muy ocupada, se repetía sin poder dormir.

    El día que Verónica tomó el viaje, Sofía le empacó un bronceador, varios trajes de baño, toallas y pantaloncitos cortos. Santiago le preguntó que si no quería llevar el libro por si de pronto se aburría en la playa. ¿Aburrirme en una playa del Mediterráneo, en pleno verano? Dijo Verónica. Sofía replicó cogiendo el librito con dos dedos: No seas pesado Santiago, la niña tiene derecho a descansar.  Se despidieron de él  haciéndole entender que no hacía falta que las acompañara al aeropuerto. Quedó suspendido en un coro de ecos, pasando una a una las hojas anilladas. A lo mejor no le habría gustado el libro porque no era original; de alguna forma la influencia desastrosa de su madre la había hecho incapaz de entender un mensaje simbólico. Se entretuvo leyendo la biografía Malevich y cuando iba a llegar a la parte final divisó un curioso letrero.

Magda Caterine Vieira
Soy alegre y descomplicada
5556789

    Se encolerizó. Hasta dónde llegaba la mala educación de los colegios del Estado, incapaces de formar en lo mínimo, el respeto por la cultura. Sí, está bien, Verónica no era la hija perfecta, cometía errores, algunas veces llegaba ebria de una fiesta, hablando de los amigos, de las travesuras en el carro, -lo cual se explicaba en la dispersión de su madre- pero jamás de los de los jamaces sería capaz de rayar un libro. Sintió ganas de llamar a los padres de la muchachita, pero daba por hecho que el número telefónico era erróneo. A pesar de todo Magda se había mostrado inteligente y no cometería semejante ingenuidad. Casi por descarte marcó. Cinco. Cinco. Cinco. Seis. Siete. Ocho. Nueve.   

   La voz del otro lado de la línea era inconfundible. Entonces no era tan inteligente. Reconfortado pero inseguro soltó lo primero que se le vino a la mente: el reclamo por semejante sacrilegio. Magda, sonriendo y tratándolo nuevamente de tú, le explicó que no lo creía tan chato como para pensar que ella sería capaz de hacer esa tontería. Le explicó, en tono irónico, insinuante, que sus propias compañeras le jugaban esas bromas porque la acusaban de ser la más bonita. Algunas veces ponían letreros realmente provocativos, que hablaban del tamaño de sus partes íntimas
-Imagínate Santiago- Decían que era la más extrovertida que era capaz de servir de carnada para conseguir novios para sus amigas. Cierto que no soy tan bonita, preguntaba Magda. Otra vez estaba inerme frente a una adolescente.
-         Para serle sincera, ya que llamó, le voy a confesar algo que me tiene en pecado, se lo voy a confesar, se acuerda de los ejemplares de Architecture And Design que tenía esa noche en el carro-
-         Si, si, los he buscado como loco-
-         Mira Santiago, me vas a disculpar pero los tomé sin pedírtelos prestados. Esperaba devolvértelos algún día, quizá cuando fuera una arquitecta famosa, bueno leí un artículo donde decía que tú eras uno de los mejores diseñadores de metros subterráneos del mundo, ¿es eso cierto, en realidad eres tan bueno?-
El comentario bastó para diluir el disgusto y el nerviosismo de Santiago que había olvidado la última vez que Sofía le había hecho un reconocimiento. Debió ocurrir en los días en que le prestó dinero para comprar un auto nuevo.
-         Pero usted dijo que las estaciones del sub parecían diseñadas por un médico- contrapunteó Santiago, por fin restablecido en su lugar jerárquico.
-         Sabe que la de Plaza de Armas es realmente hermosa, con esos diseños abstractos de Caviery en las paredes-
-         Supongo que no conoces la nueva ruta que estamos construyendo en Álamos, esa va a tener unas esculturas de Rivera y un jardín en la entrada – dijo Santiago, sin querer asumir que esperaba la curiosidad de Magda.
-         Hasta no ver no creer- susurro Magda -  Mira, Santiago, no te prometo que te devuelva las revistas que tomé, lo que sí te digo es que me gustaría ver los números de marzo, abril y mayo –

   Quedaron de verse en  un minimarket a las orillas del malecón. Santiago fue en ropa informal, diciéndose que era una casualidad debido a un encuentro deportivo de los empleados de Building World en el que volvió a jugar tenis para recuperar la línea. Precisamente hoy, estuvo preocupado por el abultamiento de la camisa. Magda pidió cervezas negras antes de que él ofreciera. Hablaron de arquitectura contemporánea, Magda le decía que ella utilizaría aluminio y sembraría girasoles, muchos girasoles en la nueva estación del sub. 

Santiago pensaba en Sofía, en la distancia que iba creciendo entre ellos, en la frecuencia con que llegaba oliendo a licor y evadiendo el inevitable tema del fracaso matrimonial. Pensaba en Verónica siguiendo los pasos de su madre, cambiando de noviecito cada nada, quedándose en la casa de ellos, negándose a entrar a la universidad, según ella porque estaba muy joven y no tenía necesidad de quemarse las pestañas para nada. Magda, acariciaba ansiosamente esas revistas, abría los redondísimos ojos como soñando que estaba sobre el Golden Gate o la Torre Eiffel. En algún momento en que Santiago la miraba mirar, le dijo que había sido admitida para la carrera de arquitectura en la Politécnica pero que a lo mejor no podría costearse los estudios. Santiago sintió una extraña sensación que le nacía en el abdomen al imaginarse que él podría ser su protector, su mecenas que le daría una pequeña cantidad de dinero a cambio de que ella le mostrara, permanentemente, las notas y le pidiera opiniones, como no lo hace su hija.

    De regreso se detuvieron en otro minimarket y pidieron más cervezas. Esta vez Santiago no fue capaz de insistir en pedir  capuchino. No hablaron de arquitectura, sino de los pretendientes de Magda, niños inmaduros, poco inteligentes que no sabían como tratar – Santiago la oía decirlo con tanta propiedad- a una mujer que como ella, que ya conocía muchas cosas. Al tomar por la costanera abrieron las ventanillas. El viento del mar traía aromas de algas, enmarañando el cabello de Magda, haciendo sentir la vibración de las prendas sobre la piel. Un atascamiento los detuvo frente al hotelHoney Lovers recientemente inaugurado.
-         ¿También lo diseñaste tú? Apuesto a que tiene un hermoso jardín de girasoles- decía Magda moviendo los labios mientras los juntaba y estiraba en dirección a la fachada. Santiago no supo qué responder. Ahuecando la voz para que no se le entrecortara le dijo acosado por el indiscreto tren de su corazón
-         ¿Quieres que te lleve a alguna parte?-  Fue una salida en falso porque la puso a ella a pedirlo
-         Tengo un piercing en el ombligo, ¿quiere verlo?- dijo Magda para no responder directamente. Estiraba las piernas permitiendo que su suave falda se deslizara por las piernas mientras las abría y las cerraba.

Santiago pensaba en la forma como se desfloraban los girasoles. En el hombro de Magda estaba escrito el nombre de un Santiago que no era él pero era él. Se imaginaba en el cuarto de ese motel sacándole las tiritas del vestido, chupando en ese hombro bronceado su nombre de otro. Se sentía un poco mal, un poco roto al pensar que en el apartamento estaría su hija Verónica, deprimida, viendo televisión, preguntándose por qué estaba tan sola, por qué su madre siempre llegaba oliendo a licor y por qué su padre no llegaba a la hora prometida. Magda, acariciando el piercieng, redondeando su ombligo, le decía
- Se va a enojar su esposa, la señora Sofía-