domingo, 28 de septiembre de 2014

MIS PERRAS

Soy  spa: 

Leanme   a   mi. Vulgar  imitador    de poeta, incapaz  de ser   tan   machista, alcohólico   y   fracasado  como en mis  seuños  de   gigolo.  He aqué  el poema  de un  imbécil promedio, soñador,   conversador, utilitarista  y tan  malapersona  como  tierno.  


Mis   perras


La carne, siempre la carne, el cansancio y el calor.
Mis perras me conocen , saben como sacar el mejor provecho de mi
manipulan, se echan de piernas abiertas.
Alargan sus enormes ojos de complacencia.
Y sacan todo lo que necesitan. Así son las cosas.
Soy yo el que las lleva de la correa.
Si no lo repito incesantemente yo sería su perro.

Penumbras









Penumbras

Oscuro, violín 
De melodías crueles 
Suenan hoy para el alma

Muriendo de sed, 
En el largo sueño
Letargo incesante

Viendo como el rasposo
Del viento, asecha 
Al fuego amenazante

Voces tocan las partituras 
Del sufrimiento, haciéndolo 
Un hondo mar de llanto

Mariposas vuelan 
En el vicio de un retrato
Donde el suspiro camina
Lentamente sin hacer atrapado

Alfombras, con formas de 
Lunas, me quiere llevar
Hacia la luz del olvido
Y elevar mi pensamiento
Hacia el dibujo de una
Reflexión profunda
Para que el roció
De una rosa no acabe
Con el brío de mi vida.
Saber, también
Que la desesperación
Que hoy siento pronto pasara
Por un amor que no vale
Nada, que solo vive en mi
Infalible diario de sueños
Para no vivir más en penumbras,
Escribir poemas felices
Ilustradores a la vida
No, a ella, que quien sabe
Estará con otro amor,
Entregándole su desnudez
Mientras yo, solo aquí
Estoy Viviendo mí tiempo
En penumbras de anhelos
Imaginando que tengo su amor

Derechos Reservados
Poeta Samuel Calderón
2014

martes, 16 de septiembre de 2014

El Ajedrecista.

Por Grisca Dasa 





Sentado ante su adversario tranquilo y abstraído,
El ajedrecista mueve sus fichas
Jugando con su destino, el de sus fichas, desconcertadas y dolidas
¿Qué les aguarda? Un fin incierto, absurdo, lleno de agonía,
O tal vez afortunado, glorioso, repleto de alegría,
Ellas dan sus pasos abismales cerrando así
La angosta brecha entre la muerte y la vida Mientras tanto el ajedrecista, absorto como sin vida,
Hace su movida, un peón feroz muere,
Da su vida por una causa desconocida.
Una torre inexpugnable, fortaleza sacrificada,
Cree que así salvará a su patria amada de su fin inaplazable.
Un alfil decidido, conspira atravesando diagonales,
Vigila apostado en su casilla para que el reino sobreviva.
Una reina audaz, valiente como Antígona o Electra,
No da su vida por el reino, sino por el hombre
Dueño de su camino, de su aire, de su vida.
Un caballo alado, valeroso se alza sobre el ejército enemigo,
Como el peón vigila de cerca al que tal vez sea su asesino. Ahora lucha allá arriba el ajedrecista
Protege a un rey ignorante que escondido
Tras su ejército valiente, se jacta de ser él el artífice de las victorias
Que han hecho grande a su dilatado imperio. El ajedrecista ha vuelto ya a la vida,
Ve como su adversario ha perdido ante él la lucha,
En medio de himnos de alegría, se regocija, exhala el ajedrecista aires de victoria,
Pero también el ajedrecista se ha equivocado,
Porque yace allá abajo más que un tablero vacío
El único testigo de la gloria de las fichas,
Una gloria ajena, una gloria mezquina,
Una gloria incierta como la de todos los ajedrecistas.

lunes, 15 de septiembre de 2014

Espíritu de Libertad

Espíritu de Libertad - Grisca Dasa

No temas a la libertad, 
Que el deseo de tu ser no sea la condena de tu alma,
Vaga por los rincones desconocidos de la libertad humana,
Sumérgete en los socavones de la locura y el éxtasis,
Pues eres libre, es tu libertad.

Deslízate sobre colchones de nubes,
Bebe hasta que tu alma se extasíe y tu espíritu sea de vino,
Pero no pierdas la cordura,
Mantente siempre sereno, que la calma recorra cada fibra de tu cuerpo.

Y lee,
Devora hojas,
Tatúate versos en los brazos,
Recorre bibliotecas, llena de libros tu posada,
Sé diestro en las artes y sabio con las ciencias,

Y no olvides que eres libre,
Que en tu centro la flor de la libertad espera para atacar,
Sumerge tu cuerpo en el placer,
Pero hazlo todo con calma,
No sea que los fluidos execrables del libertinaje
Ahoguen tu libertad.

Kilometro 198



Por: José Daniel Bustos

I saw the best minds of my generation destroyed by madness,
     starving hysterical naked,
dragging themselves through the negro streets at dawn looking
     for an angry fix,
angelheaded hipsters burning for the ancient heavenly
     connection to the starry dynamo in the machinery of night,
who poverty and tatters and hollow-eyed and high sat up smoking
     in the supernatural darkness of cold-water flats floating
     across the tops of cities contemplating jazz.



A estas horas de la mañana gotas de rocío continúan resbalando sobre el prado y el asfalto, los farallones se levantan con gracia de gavilán sobre el valle, y las nubes, a penas alcanzadas por la luz del alba, nos dan los buenos días con sus repentinos cambios de forma. Si prestas atención al viento que sopla hacia el oriente y esperas con quietud sentado sobre este puente, puedes llegar a sentir algo extraño. María Alejandra, mi amiga la rubia que ahora vive en Londres, comparaba esta sensación con una especie de magia que hace que el cuerpo se estremezca, y jamás lo abandona. Para Juan Pablo no es más que el éxtasis mañanero que precede a la locura del viaje.

Para mí, es la mismísima música del valle, su alma representada en la poca luz, por el viento que causa pequeños temblores en la palma de mi mano izquierda. Son las palabras que se arrastran recorriendo estas tierras junto al río que se extiende al horizonte. El eco de algún poema recitado en el instante en que la tierra fue creada.

Ahí viene Juan Pablo, mi fiel compañero de aventuras. Viene pedaleando en su bicicleta amarilla, sudando y esforzándose por llegar a la cima del puente. Me abraza y se tira al suelo rendido.

- Espero que valga la pena- dice sin aliento, a nadie en particular.

- No esperes nada de la carretera. Y por cierto, llegas tarde.

Y así empieza todo. Tomo su bicicleta y el mi patineta. Dejamos que el impulso al bajar por el puente nos guie. Cuando la velocidad baja y se vuelve insoportable, se agarra de la parte trasera de la bici y yo pedaleo tan fuerte como puedo hasta llegar al río Jamundí. Hacemos nuestra primera parada aquí para orinar. Descansamos un poco y tomamos agua. Juan baja hasta la orilla del río y lanza piedras a los patos. Sube de nuevo y nuestro viaje se reinicia, esta vez con él al volante. En menos de tres minutos ya estamos en Cali.

Me encantan los días como estos en los que no importa nada, ni la escuela ni la familia ni ninguna mierda. Solo nos dedicamos a caminar o montar en nuestras bicicletas y patinetas. Esta es la primera vez que llegamos tan lejos. Vagamos por la ciudad y al medio día buscamos un restaurante barato. Corremos por las calles riendo y enloqueciendo, hablamos con desconocidos en la calle y bailamos en cualquier esquina. La noche nos encuentra en la colina de San Antonio. Vemos cómo las luces de la ciudad se van encendiendo. Saco una botella de vino de mi maletín y tomamos. Mi amigo se pierde por un par de horas y yo sigo aquí en lo más alto del bosque, ahora fumando tila. Los murciélagos vuelan tan rápido como mis pensamientos. Las luces se confunden y siento que estoy dormido, no recuerdo nada. El viento sopla miles de veces más fuerte que esta mañana cuando partimos, hace más de 100 kilómetros en ruedas. ¿Dónde hemos dejado nuestras bicicletas? ¿Dónde he dejado a Juan Pablo? ¿Cómo volveremos a Jamundí? ¿Qué horas son ya?

No lo sé, y preocuparse no va a servir de nada. Enciendo mi reproductor Mp3, me levanto y me sacudo la hierba seca de los pantalones. Camino y bailo, vuelo y me arrastro por los ríos de personas. Se escucha un disparo. Nadie hace nada. No pasa nada, nada. Son mis audífonos, es la música, nadie ha lanzado ningún disparo. Encuentro a Juan pablo coqueteando con dos gemelas en una esquina y le lanzo un zapato. Estoy jodido. Voltea y me dice algo, pero no lo escucho. No escucho absolutamente nada, salvo la música que llega a mis oídos y me dice que corra. Y yo corro, me persiguen pero no me alcanzan, los pierdo de vista. Doy vueltas y vueltas hablando con chicos desesperados, parecen nerviosos. Les recito poesía. Piensan que estoy loco.

Junto a la casa de prostitutas hay un bar. Suena Lamento Boliviano. Entro y pido dos cervezas. Me quito los audífonos y voy al baño. Hay dos chicas follando en los orinales. Alguien mescló mi medicina. En el espejo mis ojos están rojos. Me quito los lentes y me echo agua en la cara. Las chicas me llaman. Me acerco tan solo para ver el reloj de la chica de ojos azules. 2:30 de la mañana.

En la calle ya no hay nadie. Ahora lo recuerdo, Juan Pablo no tomó ni fumó. Ahora estoy solo y no conozco a nadie. Estoy solo en una ciudad que apenas conozco. Le pido al viento que deje de soplar hacia el oriente y lo haga hacia el sur, hacia mi hogar. Mis suplicas no son escuchadas. De nada sirve rogarle a un dios en quien no creo.

Subo a un árbol para pasar la noche protegido. Lloro sin dejar de sonreír. Este árbol es el hogar de una familia de gatos. Creo que pasaré el resto de mi vida aquí. El papá gato se llama Steve, la mamá Carolina. Sí, así será. No me busquen, no me encontrarán. Ahora vivo yo en este árbol, lejos de todos ustedes. He sido adoptado por Steve y Carolina. Suerte, suerte es que les digo.











El amor incondicional



El amor lo han condicionado, en torno a la felicidad de los amantes se han construido muros enormes, se han erigido paredes cubiertas de púas que se sostienen con el odio de los que no logran entender que amar es incondicional, que un hombre que ama a otro hombre es libre de ser feliz con él, de construir castillos en el aire, de revolcarse en ellos y liberar su pasión con tranquilidad. Han arrojado en baúles atrancados con cerrojos de acero la idea de que dos mujeres puedan ser felices sin importar que son mujeres, negando así que el amor no está en los géneros, que no lleva etiquetas ni clases, porque no deben haber libros que determinen cómo amar, o que lo enseñen o que impongan clases de amores y tipos y formas.

Y es que hay quienes desde el pulpito fusilan al amor, recitan orgullosos levíticos 18:22 y 20:13, y adicionan lo de Sodoma y Gomorra, y hablan de que un hombre que ama a otro hombre ha cometido abominación, y entonces cierran puertas, aniquilan vidas, exterminan sueños, arrastran a jóvenes a terrazas alejadas del suelo, y no a contemplar el mundo, sino a clausurar sus vidas, porque quien no ama muere, incluso si su corazón aún late.

Y entonces se huye a los colegios, esos claustros mágicos abiertos a la creación de ideas, a la transformación del sujeto y a la búsqueda de la felicidad en lo que se ama, se llega allí colmado de ideas, de libertad, de amor, y entonces surgen otros abyectos verdugos, que atacan diciendo que es inmoral, que es anormal, que el que goza a plenitud besándose con quien entre sus piernas lleva lo mismo que él es un desviado, y hacen paredes más grandes, y con su pseudoargumentos destruyen a quien piensa distinto, a quien ama sin condiciones como debería ser, y lo llevan hasta un rincón, y se burlan y lo exponen, y hacen de él un payaso que debe ser escupido, ultrajado, rechazado, y entonces quien ha amado distinto huye, huye y se refugia en los socavones de la soledad, y se acerca cada vez más a abismos que en el fondo están llenos de espinas, de cardos que chuzarán, tanto como lo hacen quienes se oponen a la incondicionalidad del amor. Y entre todos, juntos, enemistándose contra la libertad impiden la felicidad, impiden el amor, y obligan a que se escriba desde el anonimato, a que se deba hablar del homosexual en tercera persona, a encerrarse en un armario.

Pero esto no debe ser así, porque amar es incondicional, y en amar radica la felicidad, en explorar la sexualidad está el placer de auto-conocerse, de entenderse, de entender al otro y vagar por las superficies blandas de la armonía y la paz interior, entonces dejémonos de condiciones, vamos, salgamos del clóset, y apoyemos a quienes lo hacen, vamos con gallardía y derribemos las paredes cubiertas de púas, derribemos los muros que se alzan en el camino de los homosexuales, llevemos la libertad a las escuelas, a las iglesias, impidamos que se les obligue a jugar a ser otros, que se les arrastre a las terrazas o a las vías del tren o del Transmilenio o del MIO, liberémonos de toda pared que impida aceptar la homosexualidad, cantemos juntos a favor de la igualdad, porque si hay un Dios los amará a todos sin importar nada y si no lo hay entonces nuestra especie ha de entender que a nadie se le pueda arrebatar la libertad para amar, porque lo de Sergio Urrego no es una historia de ficción y Bobby Griffith no es sólo el personaje de una película, destruyamos aquel vocablo “homofobia”, porque fobia es miedo, y temer a la homosexualidad es como temer al amor, y quien teme al amor ha perdido la razón.

Amar es incondicional, quien ama no ve límites, no halla razón para odiar o para estar triste, amar es ser feliz, es desfilar por los límites de la conciencia acercándonos a los abismos de lo desconocido que en el fondo están cubiertos de campos de tranquilidad, de acolchadas tierras que brindan paz, y allí caemos para revolcarnos, revolcarnos en esos campos que están hechos para todos los amantes, y están hechos para todos porque todos podemos ser felices, incluidos aquellos que somos homosexuales.

domingo, 14 de septiembre de 2014

La revolución verdadera por Grisca Dasa.

Alzad vuestras armas,
Pero recordad que las armas del hombre culto
Son la educación y el conocimiento,
La música y las artes,
Las letras y las ciencias.

Así que Corred a las calles,
Grita implorando libertad,
Que el poder abandone las manos de los opresores,
Que la tierra vuelva a ser de quien la cuidó.

Pero ten en cuenta que hay revoluciones que ahorcan el pueblo,
Que destruyen libertades, aniquilan la expresión.
No es revolución aquella que quita el poder al opresor
Para darlo al mutilador,
Es revolución aquella que devuelve el poder el pueblo,
Que enaltece la grandeza del saber,
Que respeta la tierra, y da no sólo comida,
Sino también ilustración.