martes, 27 de mayo de 2014

Hogar

 Por: Maria Alejandra Valencia Hincapie

Me levanto todos los días con la misma monotoía, tomo mi taza de café y veo como el rocío de la lluvia permanece en el cesped de la calle; estoy al otro lado del mundo tratando de no olvidar de donde vengo, que mis raices no se pierdan, intentando que el tiempo no se desvanezca e el mismo tiempo, halando y obligando a los recuerdos a no irse con la cafeína, pero luego me doy cuenta que no es suficiente tratar de hacer que se queden, ¡quiero más! ¡quiero mi hogar!

lunes, 26 de mayo de 2014

Colina


Por: José Daniel Bustos

Los brazaletes que cuelgan de mis muñecas tintinearon empujados por la suave brisa. El collar que colgaba de mi cuello ni se inmutó. Decidí tomar aquello como una señal, un presagio. Algo estaba por suceder, ¿pero qué? Debí haberlo ignorado todo, eso debí de haber hecho. En cambio decidí tomar el camino que me marcara el viento. Primero al sur, pequeños giros al este y luego al norte. Después un camino recto hacia el oeste, subiendo la colina de San Antonio.

Al llegar a la iglesia una pequeña anciana con rasgos indígenas y prendas que al parecer eran gitanas me dio la bienvenida. Me preguntó mi nombre, y sonrojada le respondí “María, María del Mar”. “Del MAr, como mi pequeña hija… Murió en brazos de mi esposo”. Me ofreció una pulsera de perlas verdes, la amarró a mi muñeca izquierda. Le di un par de monedas a cambio. “No se detenga, jovencita, no se detenga”. Señaló al cielo detrás de mí. Caminé y me subí a un pequeño muro. Desde allí contemplé la ciudad con una extraña mezcla de melancolía y felicidad. Cali, la ciudad que una vez me acogió, la ciudad de la que ahora debía huir. Arrastrada por el viento que una vez me dio un nombre.

La suave briza de nuevo trajo consigo un olor a maní y aceite quemado. Las nubes grises le quitaron su tono azul brillante al cielo. En unos segundos todo el cielo tomó ese tono grisáceo y triste. No había nadie excepto yo en la colina. Los recuerdos de las personas que una vez conocí, con las que bailé y me reí, todos aquellos recuerdos e historias quedaron atrás.

Giré mi cabeza para despedirme con una triste sonrisa a la pequeña anciana, pero se había ido ya.

Una la grima de sangre que cae al suelo, la brisa que arrebata sus hojas secas a los arboles, las nubes que susurran un bello poema al asfalto. Mi brazo izquierdo que se levanta, mis pies ya no tocan el suelo.

El reflejo de una virgen en el horizonte, bajo la cordillera. Antes de que todo se suma en la oscuridad.

viernes, 23 de mayo de 2014

Así soy


Una mirada lánguida
Trasmitían mis pupilas
Suplicaban ayuda para vivir mejor
Porque sentía que se me iba la vida
En un soplo lento y lejano

Personas que pasaban por mi vida
Les pedí que me ayudaran
Pero fue tanto la dureza de su alma
Y me dieron un rotundo “No”
Mis lágrimas se volvieron alegría
Al ver que Dios bajaba lento
Para darme paz y ayudarme
Con un amor que nadie entendía
Tengo amor para irradiar
Felicidad que dar en cantidades
Sueños que realizar en este mundo
Paz para calmar las almas angustiadas
Porque veo que mi alma
Alcanza lo imposible a la realidad,
Esa realidad que viene impregnada
Del roció de la lluvia de la esperanza
Soy terruño de caricias
Cuando veo que sol me mira
Soy soñador, ese soñador loco
Que a pesar de las mareas altas
Se, que Dios me protege siempre con su luz
Rosa, esa pequeña rosa
Es mi madre cual luchadora
Incansable ante la oscuridad,
Dulce silencio hay en sus labios
Porque me permitió entrar en sus alas
Pequeño de cuerpo, grande en enseñanzas,
Poeta sencillo pero grande en sencillez.
Así soy yo… Samuel Calderón


Derechos Reservados
Poeta Samuel Calderón

Por: Kira Chan Nyuu

La función termino Tus ojos un día los vi tristes y apagados Entonces me di cuenta que todo acabo Porque el día que te conocí me mencionaste Que el día que tus ojos estuvieran así La función acabaría y se cerraría un telón Negro y espeso como el petróleo Y la miseria que habías ocultado Por años correría de nuevo por tus venas Tus penas regresaron, salieron del pozo Donde estaban olvidadas, y yo ya no podía Ya no podía hacer nada, intente detenerte Pero tú me empujaste fuertemente al suelo Mirándome a mí diciéndome adiós Caminaste lentamente al vacío del barranco Dejando la vida y llegando la muerte.
Por: Gabriela Guerrero

No todo es tan pútrido, ni tan lóbrego, no tan gélido, o tan frívolo... existe aún la paz que se encuentra quizás en el rincón más abúlico de todas las almas que todavía esperan y sueñan con un orbe eufónico, equilibrado, justo, sin pretensiones absurdas o sumisiones inútiles, un orbe ya no tan bárbaro, no tan absurdo, no tan inconcuerdo, no tan inconsciente, ignorante... y no tan devastador. 

Y basta un pedazo de pan para los pájaros, un plato de comida para los incomprendidos. Un insomnio dispuesto a repartirse con sencillez . Un doblez de la vida entre los hombres. Una comunión para la paz del ciego. Una sonrisa para la luz del niño. Un paréntesis a pleno día. Un alarido de esperanza en medio de la guerra. Un papagayo que todavía se asoma... basta una luna, y una noche estrellada, una luz de frecuencia sobrehumana y las manos de un millar de hombres esperanzados, dispuestos a caminar juntos, o al menos cercanos. La furia de un enorme juramento. El alma y la fuerza de los hombres... que sin rendirse jamás se esfuma... y atropellar las iras, y asesinar las melancolías y las avaricias... y hasta el paso de Mercurio adolescente o Marte espantadísimo del hombre... para nunca dejar de esperar, para ya nunca dejar de creer. A veces nada basta y nada nos hace concordar... pero somos hijos de la sociedad, una sociedad tal vez deformada por las codicias, y la fiebre de poderío, denigrada por los zapatos de hombres con corbata y posesiones, enfermos de codicia, una sociedad coaccionada y condicionada, pisoteada durante años... Mas no tan abandonada por la esperanza y no tan corroída por la melancolía y las injusticias.

jueves, 22 de mayo de 2014

Mirada.

Por: Juan Carlos Cortés

En medio de una nada verde, en donde kilómetros de pastizales se expanden sin control, se levanta una edificación. Es una construcción sencilla, pensada para que parezca una casucha abandonada a la deriva en ese mar de pastos. Pero solo es una fachada, la música que se percibe proviene de sus adentros, dejando claro que la intención es ocultar la entrada a un lugar sórdido, en donde se dan cita un sin número de esperpentos, espantos y monstruos, en donde los más siniestros planes se ingenian y las nefastas acciones se recompensan.

Todo tipo de criaturas confluyen, las camareras son mujeres escorpión, araña, o avispa, las bailarinas, nagas, arpías, y féminas bestiales, todo ser de pesadillas está presente y la alegría que desprenden, es proporcional al sufrimiento que llevan a los humanos.

En ese sitio es día de celebración, uno de los tantos espantos que recorren la tierra, ha sido promovido a demonio, sus macabras acciones le han otorgado ese honor, y sus colegas han decidido festejar por lo alto, los invitados son muchos, el ánimo festivo contagia a cualquiera, no todos los días alguien alcanza tan alto cargo.

El licor, la sangre y las botanas circulan por las mesas, las camareras se están haciendo su agosto y circula el rumor de que el acto central de la velada está por comenzar.


En medio del bullicio y el ajetreo, las camareras se detienen, y al ritmo de una suave melodía comienzan a bailar para sorpresa de los comensales, la danza era una invitación al deseo, con movimientos lentos pero fluidos, las féminas fueron recorriendo el sitio, dejando estupefactos a los espectadores.

Las ovaciones y los gritos de ánimo no se hacen esperar, el público está emocionado y con creciente agitación, tanta sensualidad reunida en un solo lugar, despiertan los instintos de los invitados, la pasión y la excitación.

Cuando el show no puede dar más, el ritmo de la melodía cambia, un suave incienso llena la estancia y con una última coreografía las bailarinas desaparecen, dejando a los presentes con ganas de mucho más.

Un foco se prende y resalta a una solitaria figura en medio de una improvisada tarima, esta ataviada con un hermoso conjunto de transparente seda, la cual se oscurece un poco, ocultando las partes íntimas de la fémina, algunas joyas y una venda tapando sus ojos. Su apariencia a simple vista es totalmente humana, no posee ningún rasgo que desvele su naturaleza monstruosa, sus curvas son delicadas y su altura es la media.

Una nueva música suena y el aroma del incienso se intensifica, tras lo cual, comienza una nueva danza, si el baile anterior era sensual, este lo supera en exceso, aquella mujer exuda belleza, con cada movimiento su cuerpo se mueve en una coreografía perfecta, su oscuro cabello, sus brazos, manos, pecho, vientre, piernas y pies se desplazan como si flotaran, cada contoneo es ejecutado con el fin de despertar pasión.

La melodía va tomando fuerza, y el ritmo comienza a ser más rápido, ante eso, la bailarina se despoja de la parte superior de su vestimenta, revelando una piel blanca, tersa y brillante, los comensales comprueban, algunos con alivio, que aquella hermosura es de su raza, el brillo se debe a el reflejo de la luz en unas diminutas escamas que recubren su cuerpo. Sin ropa que los oculte, el movimiento de sus senos se añade a la danza. El público enloquece y con todos los instintos enardecidos aclaman por la completa desnudez de la mujer.

Utilizando la espera y la sensualidad el baile en solitario de la danzante oscila entre la lentitud y la rapidez, cada giro, cada contorsión, hacen juego con su cuerpo, y después de mantener en vilo a los presentes, en un rápido movimiento se deshace del pantalón de rosada seda. Si antes los comensales estaban desesperados, ahora si se desataba la locura, aquellas bestias se levantan de sus sillas, se encaraman en las mesas, se empujan, todo, para lograr una mejor perspectiva de aquella belleza desnuda.

La mujer continua bailando, ajena a las pasiones que su hermosura despierta, y acercándose al final de la tarima, da una última voltereta y termina su espectáculo arrodillada, de cara al público; los monstruos embriagados de deseo, piden que siga exhibiéndose, y enojados reclaman que se quite también la venda que cubre sus ojos, al escuchar aquellas peticiones, la mujer se muestra confundida y abandona el improvisado escenario, dejando atrás los alaridos y gritos de rabia de las bestias.
Era tanta la insistencia, que el dueño del bar la detuvo antes de que se refugiara en su camerino, y con unas pocas palabras, la obligo a regresar y seguir bailando, para que cumpliera con las peticiones del público y así evitar mayores problemas.

La fémina acepta, y con lentitud hace una nueva entrada, regalándoles una sublime danza a los espectadores, pero estos sin sentirse ya satisfechos, quieren una desnudez completa, no conocer los ojos de aquella beldad es impensable, una simple bailarina debía de mostrarlo todo, el gusto del acto era sentirse superiores a aquella que los deleitaba, y dejarla con esa única prenda, era dejarla con algo de dignidad y una desnudista no debía ser merecedora de eso.

Ante los alaridos obscenos y las peticiones de los clientes, la danza termino y encarando a los presentes, se desato la venda, pero no abrió los ojos, con gritos y amenazas los monstruos exigieron ver los ojos que seguían ocultos, ante lo cual la mujer suspiro y les entrego su mirada.

La algarabía cesó de inmediato, el bullicio, los silbidos, las insinuaciones y un sinfín de sonidos que llenaba el lugar terminó abruptamente, el silencio de la muerte inundó el sitio y ninguno de los excitados comensales vivió después ver en esos ojos a la Parca. Fueron condenados a perecer, por querer conocer la única cosa que avergonzaba a aquella monstruosa fémina, su mirada.

lunes, 19 de mayo de 2014

Adivina quien soy



Hola.
Nunca me has visto, pero me has sentido.
No me conoces, pero sabes mi nombre.
Soy tu mayor miedo; Soy lo más justo del universo.
No tengo amigos ni los necesito.
Soy la soledad pura; Pero siempre hay alguien conmigo.
Soy el mayor de los pecados. Soy la decisión sin reversa
Soy lo seguro de tu vida.
Hago parte del todo; Pero vivo en la nada.
Tengo cien fiestas. Me han cambiado el nombre mil veces
Para los griegos soy La Parka,
Para los japoneses Shinigami
Y para ti; ¿Qué soy? ¿Quién soy?
He estado desde el inicio del tiempo. Soy lo último del universo.
Usualmente me ponen como el malo, pero siempre me piden hacer justicia
Soy
LA MUERTE

Aquellos sueños

 Por: Kam Beat



— ¿Cómo soñarte lejos de mí? ¿Cómo desprenderte de mi mente? No puedo asimilarte, no puedo asimilar tus decisiones, solo me asimilo a mí amándote hasta desfallecer. — Le confesé a Nora, desconcertado.
—13 de Enero de hace un año, ¿Recuerdas? — Dijo ella sonriendo, como si mi descontento fuera insignificante.
Me sentí un poco estúpido, porque dicha fecha no me traía ningún recuerdo. Así que sin pensarlo le respondí.
—No, no tengo idea de qué hablas.
—Normal, nunca fuiste bueno para las fechas. — Apuntó, se detuvo un momento mientras suspiraba con cara de satisfacción, creo que no podré sacarme esa expresión de la cabeza, como si estuviera recordando a su primer mascota o algo parecido — El desierto, después de la Maratón de Sables.
Me estremecí, ella acababa de mencionar uno de los recuerdos más preciados que tuvimos juntos. Me llevó a un momento de antaño que me hizo recordar todo. Ella y yo, corriendo la Maratón de Sables, ambos en primer y segundo lugar, ella por delante de mí, claro está.
—Sí, lo recuerdo. — Me mantuve en silencio unos segundos — ¿Y qué con eso?
—Esa noche, en la carretera. Todo era tan perfecto. Tus ojos tenían cierto brillo estremecedor, y las líneas de tus labios parecían perfectas para ahogar los míos en ellos.
En cuanto dijo eso, me di cuenta que estábamos pensando precisamente en el mismo momento del día. Esa noche ella estaba hermosa. En su vestido blanco, con un atrapa sueños puesto de arete, con su anillo de coco tallado que le obsequié meses atrás, con sus mejillas rojas como si fuera una niñita, descalza, frágil; estaba tan bella que no parecía que acabara de correr una maratón de 3 días por el desierto. Decidimos caminar por la carretera, viendo a donde nos llevaría el viento para volver antes de las 3 de la mañana. La carretera parecía infinita, las estrellas nos miraban, cada beso, cada palabra, cada risa, cada caricia, tal y como Nora acababa de mencionar, todo era tan perfecto. Y ese día yo…
—Sí, ese día todo parecía perfecto. — Continuó ella, sacándome de mis propios pensamientos. — Pero tengo que confesarte que ese día ya no te amaba. Me causaba tristeza saber que las estrellas eran testigo de mi engaño. No me veas así o lloraré. Es tiempo de que continuemos nuestra historia separados, aún nos quedan muchas cosas por vivir como para encadenarnos. — Ella tomó mi mano, y se fue sin decir ni una palabra. Cuando se fue de aquella tienda de flores que tanto frecuentábamos, solo me detuve a ver mi mano, y ver el anillo de plata que, con esmero, había conseguido para ella.
…Ese día, hace un año yo le propuse matrimonio. Y hoy, rechazado y con el alma rota me voy a continuar mi camino y a hacer realidad aquellos sueños que tendré que vivir por separado.

Arenas doradas


 Por: Juan Carlos Cortes

El tiempo ya no importaba, no podía determinar cuando había desaparecido la carretera ni mucho menos el momento en que mi estúpida determinación me había convencido de afrontar la absurda búsqueda de una leyenda. Algo era cierto, la desesperación fue artífice de la decisión descabellada, pero ahora en medio de un océano de arena, golpeado por el sol y sin saber a dónde ir, me daba cuenta de cómo era la verdadera desesperación.

Mis cálculos eran vagos, con las provisiones que tenía era posible que aguantara por lo menos tres días a no ser que alguna alimaña me atacara o no soportara las temperaturas extremas. Dar la vuelta no era posible, la carretera que atravesaba el desierto había sido reemplazada por grandes dunas, de las cuales tenía la certeza de no haberlas escalado.

En medio de una nada dorada, recriminaba mi credulidad, como era posible que un viaje a través del desierto en busca de ayuda económica terminara en la búsqueda inverosímil de una ciudad perdida en el desierto en donde conseguiría riquezas incalculables.
En mi caso la situación era fácil de resumir, fui insensato, llegue al desierto, abandoné la carretera única conexión con la civilización, me adentré en las arenas, me perdí y me dirigía inevitablemente a una muerte segura. Ya han pasado dos noches, mis provisiones se han terminado y enfrentó la realidad de mi osadía, es posible que el amanecer sea el anuncio de mi último día.

Ha pasado algo de tiempo, sin agua mi cuerpo comienza a ceder paso a la debilidad; tropiezo y ruedo en varias ocasiones, ya no puedo pensar con claridad. No creo que en mi caso se pueda hablar de resignación, mi destino era evitable y mi terquedad lo convirtió en nefasto, por lo tanto me conformo con morir, cualquier cosa con tal de no soportar el suplicio de la sed y el calor ni un día más.

Tropiezo de nuevo, no me levanto, con un atisbo de conciencia admiro la refulgente arena, parece oro, es absurdo pero moriré sobre un lecho dorado, una tumba que solucionaría los problemas que me condujeron a esto.

Recobré la conciencia, no hay dolor, así debe de ser estar muerto; mi sorpresa es grande, estoy a las puertas de una ciudad dorada asentada sobre arenas de oro. Ya no puedo juzgar la realidad, si la muerte fue la llave, estoy satisfecho por lo menos mi insensatez tuvo una jugosa recompensa

viernes, 16 de mayo de 2014

Muerte al final de la carretera



Por: José Daniel Bustos

La muerte nos esperaba al final de la carretera. Eso lo sabíamos todos, toditicos todos. No había razón para saberlo, ni siquiera para pensarlo. Ni para intuirlo. Simplemente lo sabíamos.

Acabábamos de terminar con el último parcial del semestre y no queríamos saber más nada de la universidad, ni de nuestras casas, ni de nuestras vidas. Mentiría al decir que la idea fue mía, pues la saqué de esas típicas e innumerables series juveniles en las que varios adolescentes deciden viajar a cualquier lugar para terminar con el estrés de los finales de semestre en una playa o en la orilla de un lago. La idea no fue mía. Simplemente lo dije en voz alta, en tono de broma. Pero no sonaba nada mal, y eso era justo lo que necesitábamos, lo sabíamos. Pudimos haber ido a cualquier lugar en la cordillera o en el valle. Cualquier lugar en el que acampar que fuera cercano a un pueblo como en el que vivo. Y, de hecho, eso habíamos decidido. Acamparíamos junto al río en el corregimiento de potrerito, en Xamundí, a 15 minutos de una pequeña comunidad indígena. A 3 horas de la cabecera municipal de Xamundí, a media hora de Cali.

Aquel lugar era demasiado común, y cada fin de semana recibía la visita de más de 200 personas que solo buscaban beber y comer fritanga a la orilla del río, contaminándolo con latas de cerveza y platos plásticos y de polietileno.

Pero yo conocía otro lugar. Un lugar muy poco conocido, casi inexistente en las mentes de los vallecaucanos. ME estremezco al recordar aquel lugar. El oasis, lo llamábamos. Y válgame Dios que otra cosa no podría ser. Hacía honor a su nombre con creces. Mi mejor amigo de la infancia, Sebastián, me había llevado allí cuando cumplí 12 años. Pero ya habrá tiempo para hablar de El oasis, ya lo habrá. Mas no habrá tiempo para hablar sobre Sebastián.

Todos accedieron a ir a El oasis. En parte porque lo único que queríamos era ir a cualquier lugar, lo más lejos posible del planeta, y en parte porque cuando sugiero algo es más bien imperativo, y nadie tenía deseos de discutir, menos conmigo. Pero la única y verdadera razón fue que cuando describí aquel paisaje los ojos de mi compañeros brillaron de una manera extraña, sus bocas se entreabrieron y hasta suspiraron. Fascinación y temor, eso les brindé a mis compañeros con tan solo una descripción.

Era un jueves. Partiríamos el lunes próximo. Para el domingo todo estaba listo: comida, agua, bebida, mariguana y acido. Dormiríamos en hamacas que colgaríamos de los arboles.

Llegó el lunes por la mañana y todos estábamos allí: Manuel (novio de María y padre putativo de Jesús, así le llamábamos), María, Jorge (quien se había teñido el cabello de azul) y Andrés. Y yo. Nos fuimos en la buseta del padre de Andrés escuchando música a todo volumen. Casi fuimos arrollados tres veces antes de llegar al río Xamundí, donde vi un hombre extraño vestido de azul pescando desde el puente. Tenía bigote y lentes oscuros. Juro que me devolvió la mirada con una sonrisa burlona. Lo juro. Los demás no lo vieron. Estaban demasiado ocupados cantando a todo pulmón.

Hello hello hello ho low? Hello hello hello ho low?

Hello hello hello ho low? Hello hello hello ho low?

En pocos minutos llegamos al río Cauca. De pequeño oí demasiadas historias sobre el río. Algunas reales y otras que eran obviamente falsas, aún para los oídos de un niño de 6 años. Todas esas historias se arremolinaron en mi cabeza durante un segundo y después las olvidé por completo. No las olvidé por que sí. Estaba sonando la canción favorita de Jorge. Yo estaba al lado de la ventanilla. Jorge debió haber visto mi rostro tenso, porque con el beso que me dio quiso tranquilizarme. Y eso hizo. Le devolví el beso y escuché a los demás chicos dentro de la buseta reír a carcajadas. La boca de Jorge sabía a alcohol, y su lengua se retorcía dentro de mi boca de una manera extraña. Ambos terminamos riéndonos igual que los demás. Jorge quiso tomar mi mano, pero para evitarlo saqué la mitad de mi cuerpo por la ventanilla, me senté en esta y levante mis brazos gritando como solo un adolescente que acababa de ser besado por un chico de cabello azul podría. Andrés me dijo furioso que entrara. Cuando lo hice María seguía riéndose, contorsionándose y enredando su rubia cabellera dentro del auto. Jorge no intentó tomar mi mano de nuevo.

A unos 5 kilómetros del puente, junto a una pequeña choza nacía un camino casi imperceptible. 2 hileras de hierba seca que marcaban el camino hacia la montaña. Me pregunté cómo fue que pude haber llegado hasta ese lugar en bicicleta a los doce años. Al llegar a este punto nos cansamos de escuchar música y gritar y reír y beber. Ya iba siendo tarde y el sol se escondía tras la montaña. Y hacia alla íbamos, allí la muerte esperaba por cuatro de nosotros. En ese momento solo yo lo sabía.

Trataré de resumir todo, pues no tengo muchas ganas de recordar. Nuestra meta era por lo dicho, El oasis, que se ubicada en un gran desierto al otro lado de una pequeña montaña que de igual manera no dejaba de ser inmensa. Habría que rodearla.

Justo cuando llegamos a esta se acabó la gasolina. Pero no podíamos detenernos, incluso aunque estuviera a punto de anochecer.

Bajamos del auto con las mochilas, todos excepto Andrés, quien al parecer murió por una sobredosis de Acido, cómo siempre quiso, a mitad de los sueños.

Andrés quedó al volante, junto a él dejamos una corta nota de cinco palabras y una botella de agua. Seguimos nuestro viaje.

Después de caminar unas dos horas llegamos al lugar donde la montaña dejaba de ser montaña y se convertía en el desierto. Manuel revisó su reloj: 11:45. Dormimos sobre la arena que permanecía todavía caliente. En medio del insomnio producido por el cansancio, antes de caer dormido, pude escuchar a María rezando un rosario. “Jesús, guía nuestro camino, no nos abandones ni nos desampares”. Aquellas fueron sus últimas palabras. Cuando amaneció vimos su cuerpo en el suelo, ensangrentado. A su lado un cóndor levantó el vuelo dejando una estela de sangre. Manuel se quedó a su lado, esperando el regreso del cóndor. No dijo nada, no se movió. Tenía la vista perdida y juro que había dejado de respirar. Cuando nos despedimos una lagrima negra bajó por su mejilla izquierda.

Quedamos pues Jorge y yo. Su cabello azul había perdido ya el brillo y se mostraba cansado. A aquella hora de la mañana en el horizonte ya se podía divisar un pequeño punto. Gritamos eufóricamente y corrimos con las mochilas a nuestras espaldas. La euforia duró poco, como habría de esperarse. El sol comenzó a brillar y calentar más y más. Era ya casi medio día cuando Jorge calló sobre sus rodillas. Su piel estaba roja. Me miró clamando piedad. Lo besé por última vez y saqué una botella de agua de su mochila. Le di un pequeño sorbo, me di vuelta y seguí con mi camino.

Treinta segundos después lo vi. Sebastián me esperaba bajo la sombra de una palmera sonriendo.

Y desde aquí, bajo la sombra de la palmera me atrevo a recordar, mientras veo a Jorge, Sebastián, María, Manuel y Andrés jugando en las aguas del río, mientras son vigilados por los ojos de aquel despiadado cóndor.



jueves, 15 de mayo de 2014

Anonimo

Usted me dijo que ya no puede sentir de la misma forma que antes porque la vida se ha encargado de dormir esa parte suya y no quiere salir herido de nuevo. ¿Sabe que pienso? Que para todo existen segundas oportunidades y terceras y cuartas y todas las que quiera para poder reanimar lo que usted cree que está muerto. Le comento que las cosas que ya creemos perdidas son por las que más vale la pena dar la batalla y salir vencedores. No pretendo hacerle cambiar su visión pero le diré algo: sería para mí un honor poder reparar esa parte de usted que ya cree perdida. Es obvio que usted no me ve de esa manera, que no me considera más que su amigo pero, así, en ésta condición en la que usted me tiene trataré de hacer todo lo posible para que pueda sentir como antes. Probablemente usted no quiera y respetaré esa alternativa, si usted no quiere que yo entre en su vida, yo enseguida lo que haré será alejarme y tratar de verlo solo como un amigo al que en algún momento tanto quise. Mientras tanto sigo aquí pensándolo y pensándolo e imaginando paisajes que jamás existirán.

lunes, 12 de mayo de 2014

UN VIAJE A PARIS




I
Los   murciélagos   revolotearon  dentro del pequeño  refugio  en el que  vivo,  yo sabía de  dónde  venían    y por qué eran tantos  y por qué coincidían con la    extraña  niebla  que a veces   nos   visita   en el Distrito de Aguablanca  y también entendía   que  KW  se asustara  y de un   salto  volara  atravesando  la  cocinita que da  hacia la ventana  exterior  y se  enroscara en las cobijas   hechas   con pedazos    de   madrugada.

-No tengas  miedo-  le dije serenamente   recordando  a  la  abuela  y a  mamá – todos los años,  aunque parece que este  año se ha adelantado un poco y no sé si será   por el cambio climático o por alguna  extraña  razón,  el   enorme árbol  que está afuera y que es el único de  estas  calles entra  en su  momento  de  floración lo que atrae  a  los murciélagos, pero  ellos  no te harán  daño, bien sabes que son  ciegos  ¿sabías que los murciélagos son ciegos?  tienen un radar  interno que les dibuja el mapa exacto del lugar donde  están, el árbol ha  estado  ahí por muchos años tal  vez  unos  treinta  desde que  mamá y la abuela  lo sembraron  y aunque ellas  ahora están en el cielo quiero que sepas que cada año  ellas  mandan el mensaje  de que  nos acompañan. Los murciélagos   vienen  a nombre  de mamá y de la abuela, no temas-

KW   tenía  a la perra abrazada  y la perra  aprovechaba    que los murciélagos   hubiesen  venido  para  estar en la cama  con  su   ama   protegiéndola  de la   extraña   niebla porque además  a Lunita  le encanta  estar entre las  cobijas   no sólo a las  cuatro 
de la madrugada sino a cualquier  hora.

-         Sé que son  ciegos, hice  un trabajo del colegio,  hace  años, sobre los  murciélagos pero nunca  había estado en  una   visita, qué  digo no es una visita, es una   invasión y ni siquiera  sé si esto es un sueño, no sé de donde  salen  tantos, parecen miles  y  no  sé por qué dan vueltas  sobre  tu cabeza  y se detienen frente  a  ti y  creo que deberías   bañarte  porque   se te va  a hacer tarde para ir al aeropuerto  a llevar al papá de tu hermana y los vuelos  a Bogotá  son muy congestionados y si no te  mueves, muévete  Spagueti, muévete  porque   ha empezado a llover

  Ella  y yo sabíamos  de qué se trataba, no era el viaje  del papá de mi hermana    a  Bogotá   para solicitar una visa  para ir a París  de lo que realmente hablábamos   sino que  en los gestos y la voz  musical de  ambos, acompasada por la lluvia, la  niebla y los murciélagos realmente   sabíamos que yo estaba  triste  por mamá  y  aunque no era por esa tristeza  ambos sabíamos que yo no quería  bañarme  porque  tenía  frío  y de lo que se trataba aquí era  de encontrar la disculpa  perfecta para  subir al  auto así y llevar  al papá  de mi hermana y  volver cuando la mañana   aún  estuviera fresca para    dormir  un poco  más y entonces si  bañarme  e  ir a trabajar  a verme   con los  chicos del Club de lectura  para  hablar  con ellos y dejar que pasara mis tristeza.
    
     El  árbol    había  utilizado toda la sabiduría  de los   árboles  para  demostrarnos      que un solitario   está  en  el derecho de  esparcirse  por  toda la  cuadra.  Aprovechó  los  abundantes periodos  de lluvia prodigadas  por los   vientos del océano pacífico  y los   riquísimos tiempos soleados  y    asentó   sus  fuertes  raíces   como   las  columnas  de  un reino  y siempre  estuvo listo a alimentar  a   todo el que  quisiera,  fuera    murciélago,  ave u hormiga.   Los  comerciantes  habían pasado de odiarlo  porque al igual  que murciélagos   también dejaba llover    sobre  la   cuadra muchísimas  hojas a    quererlo porque aprendieron  que  servía    de señal para  que la  gente   ubicara  los negocios y hasta   habían llegado   a  bautizar    a  sus pequeños establecimientos  como  Calzado el Arbolito  o  Ferretería el Arbolito.

    En la    madrugada el alma de las personas  entra en una  particular  comunión con las  carreteras. El carro  se  deslizaba  suavemente    por la  autopista al aeropuerto a  tal  velocidad  que las  gotas de  agua dejaban  estelas fugaces  sobre los  vidrios.  Había puesto    gasolina y  algo de aire en las  llantas  antes  de salir y nada  podía salir  mal. A  mi lado  iba el papá de  mi hermana con sus  sesenta años    de  vivir , era un  hombre  señalado para   yacer   tranquilamente  mirando por la ventana  de  mi auto y hablar  sobre las posibilidades   de que los franceses le dieran la visa. Todo alrededor   estaba  sembrado de  caña alimentada  por   el inmenso  río  Cauca    y ambos mirábamos de  vez  en cuando la completes    del obscuro paisaje;  los  samanes mucho  más  viejos que mi árbol  y los puentecitos que  atravesaban las  cañadas y las  casas  de  hacienda esperando  que apareciera el sol . 

     Él  solo  quería   conocer a  su nieta   lo que dependía estrechamente  de que entregara en el debido orden  las  cartas  de invitación  y   yo estaba  seguro  que la  foto  de  mi sobrina  en la  nieve, rubiecita   de ojos azules y veintiséis meses,   tendría el  poder  de que los funcionarios  franceses   lo dejaran   ir; ahí   estaba el secreto  de  todo  y  de  la  caminata que  daría  con mi hermana y la pequeña  Lisa  por las  pequeñas  calles  de Montmartre.  Y  aunque   era  una mera ilusión e incluso mamá había muerto  después de intentar  sin éxito que le  dieran la  visa  había algo en  la oscuridad  de la madrugada y en la presencia   de los  murciélagos  en el  refugio    que  ordenaba las cosas  a la manera  de un buen augurio.    Ir  a Bogotá   volando   casi una  hora  sobre las  tres  indomables  cordilleras   de  nuestro país  y regresar   al caer   la tarde. No  era  más.  Cuando llegamos   aún no  amanecía  y yo no  me había   bañado y  no  tenía  ganas  de  salir del   carro  negro.   Una  hilera  desordenada  de   otros  vehículos  descargaban pasajeros, algunos   conductores  ayudaban a  descargar  maletas  apresuradamente  porque  probablemente  tomarían  vuelos para   New York  y los controles  en  la  oficina de   migración serían insufribles.  Los  vuelos   a  Paris  hacen  escala  en   Madrid  y luego llegan   generalmente  a  Orly  después de que uno  ha contemplado  los  bosques  que circundan la ciudad y el curso caprichoso  del río Sena.  Pero    ahora   era necesario obtener la  visa y que yo regresara al refugio a   dormir  un  hora  más   y bañarme para   cumplir    con mis compromisos.

    En la  noche   cuando lo recogí me  sentí   bien  y  había estado   cerca  de morir.  En la tarde  los  chicos  estuvieron estupendos  y pude  remover la  capa de tristeza que  me  tiene  un poco   hundido.   Habíamos  estado  no en la  mía sino en  otra imponente  biblioteca desde la  que uno puede  ver  la colina de  san Antonio  con su iglesia    en lo alto.  Me  gusta  mirar  la ciudad  desde  los balcones  de  esa  biblioteca  en particular  y conversar  con sus usuarios, Bragi  el  bardo     que  pide los libros en runas,  canta dos  o tres  de  sus   canciones  lee  alguno que otro poema.   También  van Medusa  a consultar  libros   de alquimia para  recuperar  su cabeza  y tomar venganza  y Minotauro  a  quien le  encanta leer  sobre  acertijos laberintos  y  enigmas.   Pero  el día  se  había  fragmentado atendiendo a los chicos y a Esteban, el encantador periodista  de la emisora Radiónica.   Grabamos  fragmentos   de   sus  libros preferidos  en voz alta para una campaña de lectura que se escucharía en todo el país. Y  fue suficiente  conque escucharan  a  Esteban  que  acomodaba los cables de su laptop   para  mostrarles  el logo de la emisora  para que se intimidaran y  se encogieran  de hombros.  Era  muy importante   cuidar  a los  chicos, hablar siempre  con ellos y no morir  antes  de tiempo  en un estúpido  accidente   en carretera.  

    Llovía  y   el  misterioso   sitio  donde  viven los  murciélagos   que  llenan el árbol  de  mí refugio al otro lado de la ciudad  iba a permanecer  irresoluto por  el resto de  mi existencia. Desde  muy pequeño supe  que  no dormían en el  campanario de la iglesia   así   que concluí que   aparecían  de la  nada, pero  tampoco dediqué mucho tiempo a  pensar  en ello.  Era un día  magnífico. Me  despedí de  mis  amigos lectores  y regrese al aeropuerto.

Pero  antes  de estar    cerca  de la muerte tuve  hambre  y encontré      donde  calmarla   y  gastar un poco  de tiempo  porque el  vuelo  iba  a   retrasarse    hasta  después de las   nueve de la  noche.    Llame  a  KW para   saber   si   la perrita   había tenido un  buen día  pero no contestó    y con  tres  horas por  delante  me sobraba  energía para  desgarrar el  tierno  muslo del pollo que compré      a un  señor  que los anunciaba  por  un megáfono  y los almacenaba  en  un triciclo  en  una  orilla  de la  glorieta  de Sameco.  Y mientras  iba comiendo  sentí un amor particular por  aquel intrascendente espacio  que   súbitamente   se  convertía   en un lugar    acogedor,  sin saber  si era por  el  hecho de  estar protegido  en el interior de  mi auto  o porque  cuando  baje  de  él a  buscar una  vendedora  de    chicles había estado   -precisamente-  desprotegido y  saltando pequeños  charcos que  dejó la lluvia.   Era  un lugar  surgido  ante la fuerza  de la necesidad  y nuestra  sorprendente  capacidad  de  improvisar la  ciudad.

Cada  día   vienen  y van entre la  gran  ciudad que  es  Cali y el pequeño  municipio industrial que es  Yumbo  muchísimas personas que  buscan el sentido  de sus  vidas y suben apretujados  en pequeñas   busetas mientras   tejen recuerdos y fantasean mirando  las  humeantes fábricas. Cuando dejara  de comer  pollo y  de sentirme  cerca  de las personas  que estaban  fuera  de  mi pequeño universo   ahora representado por  el auto iba a  encontrarme  con la muerte. Tal vez  ya  estaba  muerto para cuando  comí el pollo y   vi  a las  muchachas esquivar  barrizales   en  sus tacones  negros  y    al vendedor  de comida  que ofrecía por  tres  mil pesos  una  digna   porción  de arroz,   carne  y papas  que sabían   a  hogar; sé que muchos  tenían un hogar a esa hora de la noche en que   todos  quisiéramos tenerlo.  Mi perrita luna  tiene un hogar, como todo aquel que  mira a las personas  y  teniendo  una cita con la muerte lo ignora que  y habrá de  ser   extrañado   cuando  deje  de estar en este mundo.  La  autopista de Cali  a  Yumbo es un hogar  de  conductores  de tractomulas, de motos, de  autos, de   obscuras  fábricas.

Tuve  que  haber  muerto. O quizás  había  nacido muerto  o nacido para morir .  Tomé la  última cucharada de arroz  y bajé  a   poner  la  caja de icopor en la bolsa plástica  de la basura porque nadie lo notó y no lo notaron  en parte porque yo les  era  desconocido  y en parte porque  nadie  nota la presencia de los muertos ni siquiera  si están vivos, ni escuchan sus conversaciones ni entienden  que tengan prisa  de   encender  sus  autos negros  y meterse  en una  peligrosa autopista  que va al aeropuerto.    

Me encanta el aeropuerto  en las  noches,  las luces de la pista, la  poderosa  torre resguardada   y por supuesto los aviones que escapan de la  realidad cuando   despegan y son  capturados por ella  cuando  aterrizan. Había  hecho  una parada en Yumbo porque me di cuenta que no  tenía     mucho  dinero y pensaba, sin razón, que   si pagaba el peaje  de  ingreso  al aeropuerto y el papá de mi hermana   no  regresaba   porque  el avión se atrasará o porque él no tomara el vuelo  por alguna razón como haber  quedado  hechizado   en un museo de  Bogotá yo no  habría tenido  cómo  pagar el peaje de salida  y hubiera tenido que  pedir  dinero regalado parándome  afuera  de cada   automóvil y  tocando la ventanilla:  lo cual  es indeseable cuando llueve   porque  había  vuelto  a  llover  con mucha  fuerza, con tanta  que  cuando    hice el giro  en la glorieta  de  Cencar me encontré con la muerte . La de Cencar  no es la misma  glorieta de Sameco  porque no es acogedora  y porque   no da cobijo a  los agobiados  obreros. Pero el  hecho era que había parado en Yumbo  un tiempo que me pareció larguísimo antes  de recordar que si uno paga el  peaje de ingreso  al aeropuerto no paga el de salida, no cobraba  doble y eso es un acto de  mínima   sensatez para    todos los que  van  a  tomar la glorieta de  Cencar.

El papá de  mi hermana contestó el  teléfono en la  tercera llamada que le hice.  No tenía  tanto impaciencia  como  angustia de  que  hubiese  llegado  y  salido antes  de que yo llegara, quería  escuchar su experiencia y cuando por   fin contesto  supe que regresaría    tranquilo a  casa  y  ya no importaba  que estuviera  muerto porque KW y la perrita  me   esperaban en la casa de los murciélagos. 

-Llegué a   las   antes de las   seis de la mañana, hacía  realmente un frío   terrible pero  el  blazer  me  ayudo mucho , todo  fue normal, tomé el taxi hasta la zona de la embajada y  me dejaron entrar aunque  era tan  temprano y  también me  dejaron seguir  antes de la hora programada, bueno antes   fui a  buscar un café y todo me pareció muy caro y muy bueno,  esa  zona de Bogotá es  muy lujosa-

Y la historia me gustaba porque yo sentía lo que él  sentía  y tenía que ser algo  ubicado entre la  expectativa  de un futuro  maravilloso  e incierto  y el deseo de  de  ir a  París a conocer a  su nieta lisa  que también  tiene el cargo de ser  mi  sobrina  francesita.   Y  tuve  ganas  regresar a París  pero sobre  todo  esta  vez  quería llevar a  mi sobrina  a  la biblioteca de  Cergy Pontoise a  leerle  un cuento  en español y  sentarme   a  mirar   el atardecer  y tratar de entender   qué sienten los  jóvenes  franceses  que leen un cuento  y sueñan con  escapar  de su realidad   y venir a Latinoamérica .Pero  esos eran mis deseos   y  no los del papá  de  mi hermana que siempre  tenía los  zapatos  lustrosos  e  hizo  las  diligencias  de la mejor manera posible para que todos los documentos  que  debía entregar   estuvieran   en orden  que los  franceses  lo exigían.

-       Fue  mejor que  fueras y vinieras  el mismo  día y aunque   mi prima  vive en Bogotá  no  queríamos  que  tuviera que cambiar sus compromisos de  médica  para atenderte, aunque  claro,  sabemos que lo hubiera  hecho de  mil amores   y pensamos que ponerte el vuelo de regreso   a las  8 de la noche  te daría tiempo de pasear,  de  perderte  un poco  en  esa  fantástica  ciudad-

-          Sí, eso  hice,  cuando Salí de la embajada me  fui a  Fontibón y ahí    era más  barato pero no  caminé  mucho y   almorcé   normalito , me subí al  Transmilenio  y aprendí  a   conocer  un poco, me atreví a  ir al parque de las  aguas, caminé  toda  esa parte  tan  hermosa, la Candelaria, la  Avenida  Jiménez, muy bonito  la manera en que   han hecho el empedrado para  surcar la   quebrada , me desplacé  hasta el centro y  estuve en la Plaza de Bolívar-

Y sin duda  eran sitios  hermosos de los que  el papá de mi hermana   hablaba,  alguna vez   yo había recorrido  pero   eso ya no importaba. El conoció  bien a  mamá y   ambos evitábamos  hablar  del tema y nos   enfrascábamos en los detalles de una Bogotá alucinante  a manera de  antesala  del  gran viaje  soñado a Europa que   no nos iba a devolver nada de lo perdido y aún  así era  la promesa  de un futuro lleno de esperanza. Siempre   hay un sentimiento  de fondo  en  cualquier cosa que  lo que los vivos y los muertos  dicen y yo era un   muerto triste  y era un vivo  feliz al mismo  tiempo porque tenía  a los chicos del Club de lectura para conversar   sobre  libros; y aunque  muchos  en mi trabajo no los comprendieran yo sabía que estaba   bien  así  y   al pasar  de regreso  por   la glorieta de Cencar    recordé   que  ahí había  muerto yo   hacía cerca de una hora. El papá de   mi hermana  vio las  ambulancias, las  cintas  amarillas  del equipo de la  fiscalía   que recoge   cadáveres; vio algunos   conductores   enmarcados en el gran cuadro de las encendidas luces  rojas de estacionamiento,  saciaban su  morbosa curiosidad. Pero  no vio que  era  yo el que  estaba  ahí  y no podía verlo  ya que  el pequeño vehículo negro en el que íbamos    tan tranquilos de regreso a  casa  era el mismo que había quedado incrustado como una   pasa  magullada  en el  enorme cabezote de la tractomula y sobre todo  no pudo  verme  muerto porque era yo el que  conducía de regreso  y hablaba con él de los funcionarios de la embajada de Francia  ubicada  en el  norte  de Bogotá. Un  fétido olor a  aceite  quemado se esparcía.

Y este fue  mi encuentro  con la muerte.   Cuando  salí de Yumbo, después de estar toda la tarde con los  chicos  del  Club de lectura y de sentirme protejido  en  la  glorieta de  Sameco  conduje  tranquilamente  hasta  la glorieta de Cencar  y dudé por un momento  de   si debía dirigirme  directamente al aeropuerto  o  entrar en Yumbo  atravesando la espesa  manigua de fabricas  para   gastar un poco de  tiempo   en el parque central.    Un poco antes  de las   9 de la  noche  decidí   ir al aeropuerto pero  no estaba seguro de a qué hora llegaría el vuelo  así  que    tome  el teléfono celular    y lo puse entre  mis piernas para asegurarme  de que   escucharía  su vibración en caso de que el ruido  exterior del viento y  de los otros   autos  no me dejarán escuchar la llamada del papá de  mi hermana. 

La  salida de  Yumbo es   realmente caótica y no  guarda  relación con la riqueza  que debe   tener un  municipio industrial. Está llena de  huecos,  la señalización es insuficiente y no hay marcas de carriles  en  la carretera pero eso no parece molestar  a  nadie ni siquiera  a mí que esquivaba los obstáculos con serenidad.  Ya me había percatado que no tenía mucho dinero  y pensaba  en lo que el papá de mi hermana  me contaría cuando nos viéramos. Me  había gustado  poder llevarlo y traerlo   al aeropuerto  y el día    había sido largo y profundo en   experiencias con los chicos.

Cuando  hice el giro sobre la glorieta de Cencar quise  tomar el celular  entre las manos  y solté una mano  del volante pero mirando precavidamente por el espejo retrovisor. Así di el giro  y me creí haberme orientado hacia el aeropuerto. Fue  ahí cuando debí haber  muerto sin darme  cuenta.

El teléfono no había sonado  y  oprimí el acelerador  para aprovechar la  jactanciosa   rectitud  de la autopista. El espejo retrovisor   me mostró  un automóvil  que aceleraba hacia mí con las luces  de estacionamiento encendidas. Enigmático. Yo  lo seguí un largo trecho con la mirada  y después  de  un   kilómetro  y al ver que  se había puesto detrás  de  mí para detenerse  decidí detenerme. El tipo me alcanzó   suavemente por la derecha sin apagar las luces  de estacionamiento y se parqueó a mi lado.

-          ¿Hey  usted  está borracho, ha tomado  trago?, deje de manejar así vaya  guarde  el carro  en Yumbo y espérese  a que le pase  la  borrachera-  Mi sorpresa  fue  grande y no precisamente porque   estuviera  borracho  sino porque el  tipo  afirmaba  cada  palabra con absoluta convicción. Moví la cara  negativa pero  comprensivamente. Haba algo en el tipo que  infundía confianza.

-          No, no he  tomado  ningún licor y no entiendo  por qué me lo  dice-  el tipo  movía los  cambios   de s automóvil  y me dijo   antes  de empezar  nuevamente la marcha


-     - Esa  tractomula  que iba girando por la glorieta de Cencar  no lo mató de puro milagro y vuelvo y le  digo que si usted  está borracho es mejor  que pare el carro, que descanse-   El tipo no parecía mentir, lucía sinceramente interesado en mí pero yo no encontré nada más que decirle, le di las gracias  y empecé  la marcha.

Nunca   vi ninguna  tractomula.   No supe  que había tenido un encuentro  con la muerte.
Creí que me dirigía al aeropuerto pero  me equivocaba,  me dirigía nuevamente  a Cali, en dirección a la glorieta  de  Sameco, estaba  confundido  y  particularmente   sereno no sé por qué, tal vez porque  ya estaba muerto y nada importaba.  Para  corroborar la  verosimilitud  de  todo el tipo  me  siguió  en una actitud de  acompañamiento  hasta que llegamos   a Cali  y sólo cuando  tome  el  retorno  que corregiría mi  desviación  apagó las luces   de estacionamiento  y dio un  amable pitido de despedida al cual respondí. Estaba vivo y estaba muerto al mismo tiempo.

El papá  de mi hermana especulaba    acerca de las causas del accidente  y se horrorizó cuando  contempló las  latas  miserables  anidadas en  el impenetrable cabezote de  la tractomula.

-          La  vida  es un soplo-   dijo entremezclando la afirmación con todas  las demás frases  que soltaba sobre   su pequeña  nieta parisina, pero  estaba  sereno,  y siguió  hablando  de los  detalles   de toda la aventura de su  viaje  a Europa  y de cómo la señorita que lo había atendido en Cali para venderle  el seguro de  viaje  estuvo casada con un francés  y  había  vivido  en  el pequeño  puerto de la Rochelle, sobre la costa del  Atlántico, el puerto  que aparecía en los cuadros  del pintor  Paul Signac y dónde  uno de los  Napoleones – no recordaba cual-   había hecho  contruir  un palacete. Era precisamente  la  gran zona   en la que estaba Fort  Boayard.

-          La   chica  me dijo que faltaba la carta de su hermana    donde se hace cargo de  mis  gastos ¿se acuerda?  La  chica  me dijo que todo se veía  bien  que no fuera  a llegar tarde a la cita y que  también faltaba  el recibo de  la cita  para entrar a la embajada.

-        -  Si,  y sé que te faltaba ese papel y ayer  estuve  todo el día  buscándolo en los archivos del computador    hasta que por fin lo encontré-  hallar  ese papel  era  una buena  señal. Algunas  estrellas  se asomaban  tímidamente  en la noche de un  día  lluvioso  y alentador, tan esperanzador  como la hermosa  ilusión del papá de mi hermana de   ir a caminar con su nietecita por los Champs-Élysées.

El resto del  viaje   fue   acompañado de algunas  tímidas estrellas que  desafiaban la obscuridad de las  fábricas, abrí las  ventanas  y el  viento  nos ensordeció, nos refrescó y quedamos en silencio   durante el resto del viaje  de regreso al  Distrito de Aguablanca, olvidando  el infortunado  accidente  de la  glorieta  de Cencar y olvidando  que todo lo vamos perdiendo.   Había  muchos planes con los chicos, mucho interés de los periodistas para difundir la creación del Club de Lectura  y eso  terminó por   ponerme  foptimista  y supe que me estaba erizando no tanto por el viento  fresco  que entraba sino porque  el futuro  mío  y el de el papá de mi hermana  y el de los chicos  lectores y mi  imaginación construyo como telón  de fondo  una  escena  en la que  aparecían los murciélagos revoloteando    sobre la torre  Eiffel.

-       - Lo mejor  de  todo es que vas  a principios  de junio, terminando la primavera, no vas a sentir tanto frío como  si te hubieras ido  a principios del año cómo lo habíamos hablado con mi hermana. Serás  muy feliz  en París. Háblale del Distrito de Aguablanca  a  tu nieta y no olvides que también es  mi sobrina-

-        - No le  gusta hablar  español, la mamá – mi hermana- me contó ayer  que  hace  gestos  de negación  cuando le hablan en español, yo creo que es por los demás niños del  jardín infantil que le hablan todo el tiempo en francés- 

Vendrían más  días    felices   con  mis  chicos  del club lector y en esos días que también iban a ser  días tristes  íbamos a presenciar   el surgimiento   de  un  gran movimiento social   por la lectura…   y yo soñaba  que  iba a París con ellos  y conoceríamos  el hotel donde   se hospedo Hemingway    cuando escribió París era una fiesta. Yo quería siempre homenajear  a Hemingway  porque  siempre  fue un muerto que  estuvo muy vivo   en todo lo que escribió. Amaba  a los  chicos,  amaba a mi sobrina, amaba a KW, amaba a mi perrita, amaba al papá  de mi hermana y era  hora de regresar  a  casa.